Divagaciones IV

La «cultura» como camuflaje


colón
Por Milton Gonzales
(Perú)

Ardua fue la espera desde aquel jueves 11 de octubre de 1492, cuando los tripulantes de la Pinta y la Niña divisaron las primeras señales de lo que ahora conocemos como América. Ardua espera, pues desde entonces han debido transcurrir cinco siglos para empezar a comprender que aquellas personas que se acercaron a las caravelas con ánimos de conocer a los viajeros de ultramar, que aquellos seres de «cabellos no crespos, salvo corredíos y gruessos [sic.] como sedas de cavallo[sic.]» de «ojos muy fermosos [sic.] y no pequeños», según los describe Colón en su Diario, que aquellos nativos que cambiaban gustosos sus riquezas por pedazos de vidrio u otras minucias que el Almirante y su gente llevaban a bordo, no eran de ninguna manera ignorantes o «menos dotados» por el hecho de aceptar aquellos intercambios materiales aparentemente desventajosos.

Es decir, más de quinientos años hemos esperado para comprender que, en el fondo, dicho encuentro entre Colón y los nativos americanos solo revela un impase cultural y no la superioridad de una «raza», cultura y lengua, sobre otras. Pareciera mucho tiempo de espera para algo que hoy es aceptado –aunque lamentablemente no de forma unánime– y visto como una diferencia entre la tabla de valores bajo la cual los nativos entendían y organizaban el mundo, y la que estructuraba el imaginario de los «descubridores».

Como muchos estudiosos ya han observado, nada posee el oro en sí mismo que lo haga más valioso que un pedazo de vidrio, sino que el valor de dichos objetos es otorgado por convención social. De manera que es perfectamente lícito afirmar que para los que vivían en este continente antes de que fuese nombrado América, el valor que poseía aquel material traído por los viajeros del mar era mayor –quizá por su novedad o extrañeza– que el que poseía el oro, el cual, dentro de todo, les resultaba cotidiano, o por lo menos para los nativos el oro no parecía tener ese valor social de intercambio que sí tenía para el Almirante –y para el mundo que él traía sobre sus hombros–, valor que se mantiene vigente hasta nuestros días por obvias razones.

Ahora bien, me he permitido hacer esta introducción un poco extensa, puesto que los problemas culturales que han marcado a nuestro continente –lo cual ahora es un importante motivo de reflexión– bien podrían encontrar su génesis en dicho evento. Me gustaría decir que ahora ya nada es lo mismo, pero en defensa de la verdad no es posible sostener otra cosa sino que aún no hemos conseguido librarnos de cuestiones tan lamentables como la intolerancia cultural, el glotocentrísmo, la discrimación, etc.

Aunque aceptemos que dentro de un mismo espacio geográfico pueden convivir diversas sociedades y comunidades, distintas y definidas cada una por sus particularidades (costumbres, tradiciones, mitos, entre otras cosas), parece que nos cuesta mucho trabajo abandonar la idea de que existe UNA sociedad modelo a la cual todos debemos imitar o tratar de parecernos lo más que podamos. Como Colón, que consideraba inferiores a los antiguos americanos por su escaso parecido con los hombres europeos.

Bien podría extenderse para todo el continente lo que expondré a continuación; no obstante, lo sostengo pensando en el caso específico del Perú. De alguna manera, en los últimos años la diversidad cultural tan propia de nuestro país ha comenzado a ser (re)conocida por parte de los habitantes, lo que a fin de cuentas (al momento de crear un imaginario nacional) es mucho más importante que el reconocimiento por parte del Estado.

Precisamente aquí es necesario situar el importantísimo papel que juegan los, inadecuadamente llamados, «hombres de cultura»: escritores, catedráticos (sobre todo los de humanidades), cineastas, críticos, músicos, pintores, historiadores, etc. Ellos son los más capacitados para, desde la perspectiva de la reflexión y la creación, reafirmar o rechazar aquellos elementos que ya forman parte o pretenden incorporarse al imaginario sociocultural.

Dada su formación y la capacidad que tienen para interpretar los discursos de la cultura, lo cual, bien visto, es un arma sumamente poderosa (podrían alzar la voz y mover a mucha gente), deberíamos exigirles una participación y un compromiso mucho más activo. Pero no… para  ellos –para nosotros– la «cultura» es un camuflaje, un pretexto para no entrometerce en asuntos espinosos de orden político o económico; es también un ornamento para reafirmar una posición social; y casi nunca una herramienta para expresar el desacuerdo, la crítica, la oposición frente al poder y la autoridad.

De ninguna manera me refiero a que los «artistas» deberían producir obras panfletarias o que reflejen un evidente compromiso social –qué chatura la de ese tipo de obras–; sino que, además de su producción artística, aunque no tan al margen de ella, los artistas no olviden que forman parte de la sociedad, que tienen una doble responsabilidad por ser ciudadanos y artistas, que consideren que la actitud de sus vidas frente al mundo sí tiene que ver con su obra, que no solo se interesen por conseguir un espacio que les permita mostrar y difundir su trabajo, sino que también les importe los agentes (sociales, políticos y económicos) que están detrás de dichos espacios que les son otorgados. No deben olvidar, como parece que lo han hecho, que el contexto es un elemento de suma relevancia para darle significación a su obra, y no deben dejar de (d)enunciar las cosas que acontecen en él.

Por ejemplo, retomando lo dicho párrafos arriba, hace falta decir que todo ese interés del cine, la música, la literatura, etc., por volver la mirada sobre las expresiones culturales «autócnonas» quizá puede obedecer también (o tal vez lo correcto sea decir sobre todo) a un boom económico, el cual guarda directa relación con sectores como el turismo, tan explotando actualmente. Es decir, hay que plantear la pregunta: ¿ese interés por aceptar lo «nuestro» es sincero o se debe a que hemos descubierto que lo «nuestro» vende? Seguidamente: ¿qué debe hacer el «hombre de cultura» al respecto?, ¿solo seguir componiendo cancioncitas con melodías andinas, novelitas con personajes inmigrantes, cuadritos con colores fluor?, ¿y los críticos?, ¿nada más que seguir con ese círculo vicioso?, ¿esta explosión contemporánea de lo popular en el ámbito de las artes se debe a que los artistas han luchado por ese reconocimiento, o es que estos «artistas» populares de hoy son solo una construcción más del mercado?

Resulta de vital importancia notar que bajo el procedimiento institucional de promover este tipo de  «productos (y subrayo la palabra en su acepción comercial) culturales» lo que se consigue es únicamente la trivialización del mismo. Este es el modo más inteligente por parte del poder para despojar a dichas expresiones artísticas de todo posible discurso revolucionario o de opsición: reconocerlo, validarlo ante la sociedad y difundirlo pero solo resaltando aspectos superficiales, y esto, evidentemente, para sacarle provecho (incluso económico). Es lo que pasa –por poner un ejemplo bastante claro– con la fotografría del Che Guevara, ese rostro tan famoso que vemos en todas partes (polos, boinas, paredes etc.), el cual ya no genera ninguna alarma para la autoridad debido a que dicha imagen ha sido tan superficializada que ahora posee tanto contenido revolucionario, en términos sociales, como el rostro de Marilyn Monroe.

Esto es lo mismo que ocurre en el ambiente musical con la «chicha» o la cumbia, por ejemplo. Más que un modo de expresión original, que antes se asociaba de modo despectivo con los barrios más populares, ahora es una empresa que mueve sumas exorbitantes de dinero. Hoy todo el mundo escucha esta música (o bueno los tristes y quejumbrosos productos actuales), pero no existe ninguna correlación entre la enorme difusión de la que goza (muchos de estos grupos y cantantes ahora se presentan hasta en las discotecas más exclusivas de Lima) y el reconocimiento de los derechos sociales de las personas que forman parte de aquel estrato social donde supuestamente se originó, ellos siguen siendo explotados, viviendo en pésimas condiciones, sufriendo la discriminación: cuestiones que curiosamente eran representadas y denunciadas por este tipo de música en su origen. ¿Pero ahora? ¿Qué ocurrió? ¿Se puede hablar de traición y conveniencia aquí? Esa contradicción que acabo de mostrar es precisamente el gran logro del proceso de trivialización de las expresiones artísticas que vivimos en la actualidad.

A pesar de todo, parece que ninguna de las personas directamente implicadas en este juego, que ninguno de los «artistas» que forman parte de la INDUSTRIA cultural (ya sea en pintura, literatura o cualquier otra rama) quiere darse cuenta del problema; solo les importa continuar con su PRODUCCIÓN y aumentar su peculio. No les interesa si los conciertos o exposiciones son auspiciados por gobierno corruptos, tampoco les importa si los empresarios que dirigen todo este mundillo «cultural» son poco menos que mafiosos (o bastante más en algunos casos). Total a fin de cuentas, ellos, los «artistas», como muchas veces sulen decir, solo van a «mostrar su arte».

¿Todo esto no les da la impresión de que 523 años después de la llegada de Colón todavía no hemos superado esa mirada exotizante por parte de quienes creen que nos «descubren»? Para seguir con el ejemplo de la música «chicha» y la cumbia: ¿para quién es nueva?, ¿quién la acaba de «descubrir» y le está sacando provecho?, ¿no existía la «chicha» antes de que los ojos de Colón se posarán en ella, perdón quise decir los ojos del grupo social hegemónico, de los empresarios y las intituciones cuyo único fin es el lucro? Pero ¿quién dice algo al respecto? Nadie, y tampoco nadie se avergüenza por su silencio, porque nos han hecho creer muy bien que la esfera cultural está disociada de las otras que constituyen nuestra sociedad, como la política y la económica.

Dejemos ya de usar a la «cultura» como camuflaje. El «hombre de cultura» (que a fin de cuenta somos todos), el que se dice de espíritu humanista, y el artista no pueden –para decirlo con Edward W. Said[1]– seguir guardando silencio «acerca del mundo histórico y social en el que tienen lugar todas estas cosas».


[1] Edward W. Said. El mundo, el texto y el crítico. Buenos Aires: Debate, 2004.

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Pétalos y espinas. El camino bifurcado de los analistas del mundo literario

Por Milton A. Gonzales M.
(Perú)
espinaseparador

La relación subjetiva que se da entre la obra y el lector nunca me pareció inapropiada, como tampoco la respectiva exposición de dicho vínculo mediante algún artículo crítico. Lo que sí me parece inadecuado –hasta torpe– es pretender una supuesta objetividad al momento de la interpretación. La rigurosidad teórico-metodológica no supone, o no debe suponer, el abandono de la exposición personalísima de las lecturas que tenemos de los textos. En efecto, a pesar de las evidentes coincidencias que pueden existir entre artículos críticos que abordan un mismo tema, lo que hace singular a uno o a otro es la capacidad del investigador para expresar –sin traicionar sus convicciones de rigurosidad analítica– una lectura tan íntima de la obra que haga sentir al lector que a nadie más que a ese investigador se le hubiera podido ocurrir tal apreciación por demás sugestiva; asimismo, tampoco nadie con dos dedos de frente podría aseverar que este tipo de artículos suponen una lectura «incorrecta» o «impresionista» de la obra. Quizá sí discutible o conversable, polémica, pero de ningún modo embustera.

Ahora bien, existen varios niveles de análisis, mejor dicho de analistas, los que podrían agruparse en dos bloques: aquellos que optan por algo seguro y los que arriesgan. Los primeros escriben textos que, dada la sencillez de sus propuestas, son casi siempre dirigidos y exigidos a los alumnos de los primeros años de la universidad. Se trata de una mirada «taxonómica» del texto, pues se observan las partes que lo componen y se realizan clasificaciones de acuerdo con alguna plantilla metodológica, que casi siempre es otorgada por los mismos docentes, sobre todo los que tienen a cargo cursos como Interpretación Literaria. En fin, por muy interesantes y «acertados» (ya que suelen confirmar que el cielo está arriba y el suelo abajo) que resulten estos escritos, terminan por convertirse en textos «cuadriculados», casi siempre repetitivos y que en la mayoría de los casos se convierten en lecturas soporíferas incluso para sus autores. Y precisamente este es el tipo de análisis preferido por los alumnos cuando deben escribir alguna monografía o artículo de fin de curso y no han concluido la lectura de la obra encomendada.

Pero afortunadamente están los otros, los que arriesgan. Evidentemente, no todos llegan a este punto, quizá sea el nivel más exigente para cualquier exégeta, sobre todo, porque requiere de una sinceridad intelectual que no todos están dispuestos a demostrar, por ello considero que son los más valiosos, pero no siempre son valorados en su justa medida, pues estos analistas demuestran indirectamente la chatura de los otros (quienes además suelen ocupar cargos representativos en el medio académico).

Es preciso subrayar que los estudios que los «arriesgados» escriben no son otra cosa que una necesidad para ellos mismos; no se puede fingir ser alguien que arriesga, puesto que cualquiera podría descubrir la charlatanería casi de inmediato. Es más, posiblemente el propio analista no es consciente del punto de riesgo que conlleva su texto, pero no puede hacerlo de otro modo porque de lo contrario se traicionaría a sí mismo. Traicionaría, digamos, su condición natural.

Aunque este tipo de analista no se dé cuenta de cuándo y cuánto arriesga, es seguro que sí reconoce para sus adentros cuando su artículo o monografía no alcanza el nivel que esperaba, cuando no es más que una lectura superficial, que un embuste; y sin embargo los «entendidos» igual se lo aplauden. Esto supone un gran problema, porque él ha descubierto lo sencillo que puede ser timar a los lectores. Y como el cínico nunca falta, ni siquiera entre los verdaderos estudiosos; entonces este se aprovecha de la situación, se camufla, según su conveniencia, bajo la indumentaria del otro tipo de analista, del que nunca arriesga. Más que camuflarse se autolimita, se resiste a escribir e investigar con sus capacidades al máximo.

Hasta cierto punto esto resulta comprensible, debido a que este tipo de investigación le exige demasiadas energías, tiempo y dinero, y nadie le garantiza que al final tenga algún reconocimiento; por el contrario, el otro tipo de investigación –la segura– funciona de forma inversamente proporcional: poco esfuerzo (basta con copiar fragmentos de estudios anteriores), poco tiempo (una sola investigación alcanza para cuantos estudios se le ocurra) y poco dinero (puede «escribir» sus artículos sin dejar de trabajar en otras cosas).

Mientras alguien investiga para producir un verdadero ensayo o estudio, y termina con males incluso físicos; el otro ha escrito y publicado, en el mismo tiempo, una cantidad increíble de estudios, artículos y hasta libros. Pero la situación se agrava cuando se descubre que la academia, al menos la peruana, casi siempre prefiere la cantidad antes que la calidad; entonces, llena de elogios y reconocimientos a los que no se lo merecen realmente. En consecuencia, al ser sinceros y arriesgados uno pierde tiempo, dinero y fama (muchos de mente obtusa se valen de argumentos maniqueos para poner en tela de juicio la capacidad del investigador por el «excesivo» tiempo que invierte para cada texto que publica), mientras que en el otro caso la inversión es mínima, pero el apoyo y respaldo institucionales que gozan son muy «atractivos».

Como siempre en la vida, ante una encrucijada no queda más que decidir. Un camino es espinoso y el otro está alfombrado con pétalos. ¿Pero qué habría que tomar en cuenta para decidir por cual enrumbarse?  ¿El cinismo también es una opción? ¿Cómo se volvió tan jodido de andar uno de los caminos y tan tristemente sencillo el otro?

Finalmente me gustaría compartir este breve video que me ha causado mucha gracia, esto no sin antes decir dos cosas: cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia y que lance la primera piedra quien no tema ocultar sus propios pecados.

 

Qué bien visten los poetas

pluma
Pluma con incrustaciones de diamantes
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Por Milton A. Gonzales M.
(Perú)
 […]
Dijo Cernuda que ningún país
ha soportado a sus poetas vivos
Pero que está bien así
¿No es peor destino
ser Poeta Nacional
a quien saludan todos en la calle?
José Emilio Pacheco, «Birds in the night»

 

Dijeron que la presentación sería puntual, Marcos y Santiago (veinteañeros y novatos ambos) llegaron a las 8 p. m., entraron al auditorio, que para su sorpresa aún estaba vacío y se fueron hasta los asientos del final. No extraña la impuntualidad en este tipo de eventos, sobre todo cuando el público (entre amigos, profesores y familiares) se reconoce a sí mismo tanta importancia que no le interesa tanto la presentación del libro como proyectar una imagen de superioridad y autosuficiencia.

Poco a poco la gente iba llegando, primero una señora regordeta que se sentó en primera fila, llevaba un vestido negro y un sombrero elegantísimo; a su lado se ubicó un anciano que no dejaba de frotar la cobra negra que tenía en la empuñadura de su bastón. Los catedráticos se quedaban en la puerta, saludándose unos a otros; era como ver a los miembros de una cofradía gastándose bromas que solo ellos eran capaces de entender. Uno llegó al grupo casi corriendo y en lugar de hacer el saludo correspondiente les preguntó dónde habían estacionado sus autos porque no encontraba lugar y lo había dejado en la puerta. Otro lo acompañó y volvieron en menos de cinco minutos, esta vez el rito del saludo no pasó por alto. La esposa del profesor iba con un chal rojo muy bello y las esposas de los otros no dejaban de elogiarlo.

Un grupo de jóvenes se quedó afuera, eran los amigos cercanos del poeta, ninguno parecía sobrepasar los 27 años. Esta era la nueva generación de escritores que, según los críticos especializados (varios de ellos estaban presentes y elogiando el chal rojo), marcaría un hito en la literatura nacional. Al ver a los amigos daba la impresión de que se habían puesto de acuerdo para elegir sus ropas, qué bien combinaban sus zapatos, sus cabellos aparentemente desordenados, sus gafas grandes, etc.

Santiago reconoció a uno, le dijo a Marcos que sería bueno salir y charlar un rato. Cuando pasaron por el grupo de catedráticos, Marcos intentó saludarlos, llevaba clases con todos ellos y más de uno lo había felicitado en el aula por sus trabajos de investigación, pero cuando dijo: «Buenas noches», nadie se dio por aludido. Santiago lo jaló del brazo y entre risas sentenció: «Si no eres “poeta” esos pendejos ni te miran».

Llegaron hasta donde estaban los amigos, Santiago se acercó y estrechó la mano a uno de ellos, presentó a Marcos y de inmediato le preguntaron cuándo publicaría su «última producción». Marcos se sorprendió y dijo que nunca había publicado, que escribía pero que la publicación no le preocupaba demasiado, eso fue todo para Marcos y Santiago. Los jóvenes poetas comenzaron a discutir sobre sus editores, que la hoja marfileña, que el cosido francés, que en navidad se regalarían una publicación más… De pronto llegaron en grupo las novias de los jóvenes, guapas y muy cordiales, a Marcos se le iban los ojos.

Por fin llegó el poeta, bajó de su auto con su novia, elegantísimos ambos, tomados de la mano fueron saludando a todo el mundo. Los amigos abrieron el círculo para dejarlo pasar entre abrazos y felicitaciones, los catedráticos hicieron lo mismo, no faltó el comentario de alguna de las esposas que le recordaba al poeta lo guapo que estaba y lo agraciada que era su novia, que le enviaba saludos para la familia y demás. Por fin entraron todos al auditorio, se llenó. Comenzaron las intervenciones, las lecturas «agudísimas» que hacían los panelistas sobre ese verso «tan bien cuidado» y lo prometedor de su carrera, finalmente confesaban la expectativa que ya sentían por el próximo poemario. Palmas, fotos, hurras.

Marcos y Santiago no se quedaron para el brindis, cuando salían se cruzaron en la puerta con una señora y que discutía con su hijo, ella le recriminaba porque aquella mañana, en la exposición sobre la vocación profesional que hicieron los alumnos en la escuela, él dijo que quería ser poeta. Que no son vagos, mamá –decía el muchacho–, mira ven, ven. Y a fuerza de jalones la hizo entrar. Mira, mamá, ellos son poetas. ¿Quiénes? Ellos, pues, los que tienen copas de vino. ¿Sí? ¿Estás seguro? Ya ves, mamá. Qué bien se visten los poetas, ¿no? Yo quiero ser poeta, mamá. ¿Hijo, él no es el que sale en la tele? ¡Sí, sí, también salen en la tele!

A mitad de la calle Marcos giró para ver a su compañero y con una entonación exagerada le dijo: «Ya pe’, Santi, yo también quiero ser poeta… Pero no me alcanza ta’mare». «Vamos por una chela, huevón», respondió Santiago, muerto de risa.

[…]
Aquí por estas calles de miseria
(tan semejante a México)
César Vallejo anduvo fornicó deliró
y escribió algunos versos
Ahora sí lo imitan lo veneran
y es “un orgullo para el Continente”
En vida lo patearon lo escupieron
lo mataron de hambre y de tristeza
[…]
José Emilio Pacheco, «Birds in the night»

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