Punto de mira X

«¡Nunca fui fujimorista!», por Juan Luis Cipriani


ciprianiPor César Achawata
(Perú)

Las ideas retrógradas de Juan Luis Cipriani muestran a un individuo que se vale de la sotana y la estabilidad económica que le otorga la Iglesia para arrojar dardos de intolerancia, indiferencia y envidia. Indiferencia notoria cuando enmudeció sobre los abusos cometidos (ataques terroristas y secuestros de familiares) contra la gente, que «noble» y «supuestamente» debía defender Intolerancia evidente en casos de celibato clerical, de abortos y violaciones, y de uniones entre personas del mismo sexo. Envidia clara cuando se le habla de Gustavo Gutiérrez, teólogo y filósofo peruano, creador de la Teología de la Liberación.

Su relativa figuración mediática le hace creer que tiene trascendencia reverenciada. Y esto no es así. En una encuesta del año 2014, se indicó que la mayoría de peruanos tiene poco o nulo interés en lo que diga o haga el cardenal Cipriani. Este pretende erigirse como eminencia solo a partir de la pretensión de algunos medios, que hacen innumerables esfuerzos en tal dirección, y de ciertos comentarios suyos, prehistóricos y detestables.

La figura de Cipriani vinculado con el poder presidencial ha tenido solo un antecedente claro en nuestro país: Augusto Leguía y Emilio Lissón, arzobispo de Lima entre 1918 y 1931. Unión farsante que ocasionó el levantamiento del otrora Haya de la Torre revolucionario contra la consagración del Perú al Sagrado Corazón de Jesús. La década de 1990 fue reveladora en tal sentido: Cipriani, arzobispo de Ayacucho (1995-1999) y «dueño» de esa región y de la Iglesia Católica peruana, se alió con Alberto Fujimori.

Ambos conformaron la pareja encargada de proteger a terroristas y a militares execrables. «Algunos hermanos nuestros, desesperados y engañados, emprendieron el camino de la violencia», decía con tono delicado y evasivo el entonces arzobispo de Ayacucho, en referencia a Sendero Luminoso de Guzmán. Monseñor no cree en la defensa de los pobres y rechaza de plano toda acusación y denuncia contra su ídolo Fujimori. Su Opus Dei, segregacionista y elitista, devora toda ilusión de armonía humana.

Juan Luis Cipriani ha tenido frases que no pueden ser consideradas simplemente torpes, pues rayan en la maldad. Que una Coordinadora de los Derechos Humanos fuera una cojudez, que haya detestado a la OEA cuando esta quiso intervenir luego de la disolución del Congreso en 1992, que las imputaciones contra la masacre de la Cantuta eran pretextos para tapar el «excelente» gobierno de su jefe, son evidencias claras de la perfidia del arzobispo. También, claro está, de su fervorosa admiración a Fujimori: «Es una tarea impresionante la que está haciendo el Presidente… Yo encuentro que el Presidente tiene un montón de aciertos, un montón de éxitos».

Un libro reciente de Luis Pásara rastrea bastante bien el accionar de Cipriani en lides políticas y su indiscutible afán por aparecer como portador de verdades ineludibles. Las luchas actuales del cardenal tienden a servir al clan Fujimori, con el indulto al tótem Alberto Fujimori y el ascenso al poder de su hija. Y de vez en cuando, intercambiar rancias discusiones con el novelista Vargas Llosa, y eso sí, hallarse en constantes conflictos con sus fieles y sus pares eclesiásticos. Pares que conforman la Conferencia Episcopal, que nunca lo ha elegido como presidente del cónclave. Sus razones tendrán.

Es aterrador recordar a Juan Luis Cipriani, entre lágrimas por las muertes causadas en el secuestro de rehenes de la embajada de Japón (1996-1997), y confrontarlo con aquel que calló cuando la dictadura fujimorista esterilizó, con su perverso Programa de Salud Pública, a más de 330 mil mujeres peruanas. Y evocar las historias truculentas que dicen que él mismo había mandado colocar en el Arzobispado de Ayacucho, «Aquí no se atienden reclamos de Derechos Humanos», es estremecedor, aunque coherente con el comportamiento del cardenal.

Dice él que nunca fue fujimorista, a pesar de que lo defendió a capa y espada, y aprobó todos sus crímenes. Asegura que condenó el terrorismo, cuando se opuso a un Museo de la Memoria. Y afirma que es un hombre humilde, menesteroso e indulgente, pero que expresa: «Yo soy muy libre, digo cosas fuertes y es lo que me hace tener problemas. No hay tantos valientes en este país». Hay que responderle que afirmaciones como esa son tapaderas de su presuntuosidad y su egoísmo.

Punto de mira IX

Las torpezas de Velasco


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Por César Achawata
(Perú)

Circula en los quioscos del país un panfleto llamado «El diario», mal escrito, descuidado y desinformado, que evoca las hazañas de Velasco Alvarado, sus torpezas e ideales de papel. El general Velasco se convirtió, por ignorancia y lejanía con la realidad, en su ser obstinado por las reformas. Todas con finales desastrosos. Y como toda eminencia, aclamada y autoaclamada de revolucionaria, genera en el mundillo político del Perú contemporáneo pasiones de odio y de amor.

Una noche antes del golpe del 3 de octubre de 1968, Belaúnde Terry y su gobierno procapitalista habían nombrado a un nuevo gabinete que dirigiría el país por los meses finales del mandato que les correspondía. El Perú de aquellos años era un hervidero de reclamos y movilizaciones de grupos de izquierda y de extrema izquierda. Torrente de inestabilidades sociales y políticas engendradas por ineptitudes propias del gobierno de turno, y por una alianza despreciable entre el APRA y el partido de Odría. Alianza que es reedificada hoy por el aprofujimorismo.

Y es que los símbolos de un nacionalismo de discurso revelaban la paranoia velasquista. El gobierno de la Fuerza Armada pretendió realizar una revolución sin revolución, un gobierno popular sin el pueblo. Pancartas, banderolas, himnos e íconos políticos fueron herramientas con relativo éxito solo durante los primeros años de la Revolución. La propaganda populista montada por el Sinamos (Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social), grupo de teóricos velasquistas, y el COAP (Comité de Asesoramiento de la Presidencia) logró concretar un imaginario discurso antiimperialista.

Como ha ocurrido en todos los gobiernos peruanos, la ignorancia política y la nula preparación en asuntos de índole económica y social gestaron el fracaso nacional. El objetivo de Velasco, por muy encomiable que haya sido, no se concretó. Su mayor éxito, pasajero y perecedero, fue relegar a la oligarquía por algunos pocos años. Victoria insignificante si mencionamos que los sectores de pesca, petróleo, agricultura y minería fueron un desastre. Si agregamos que la estatización masiva produjo corrupción y burocracia inservible. Y si concluimos con la frase ultrademagógica, y por ello mismo irrealizable, «Campesino, el patrón ya no comerá más tu pobreza», pronunciada por Velasco en 1969, con llantos de emoción y griteríos de patriotismo. Pero que en realidad no fue más que una desgraciada utopía, pues la reforma agraria en ningún momento benefició al campesino pobre.

Hace varios meses, en el año 2014, Martha Meier Miró Quesada, editora de un periódico «pulcro» y «casto», escribió con indignada cucufatería los abusos cometidos por Velasco en contra de su «virginal» diario. Hay que recordarle a Meier, candidata fujimorista en el año 2000, que El Comercio, boletín alanista, en 1968 aplaudió la toma de la International Petroleum Company (IPC) por la Fuerza Armada, de la que hoy reniega. Debemos mencionarle que su histórico APRA, con un Armando Villanueva insurgente y con un Haya de la Torre conservador, decía por los años velasquistas que el General hacía aprismo sin el APRA.

El librito azul de Velasco, superideológico e irreal, del Manifiesto, el Estatuto y el Plan Inca, asumió un modelo no pensado, improvisado y con cargado fin de electoralismo irracional. Con el Comandante no se modificaron las características esenciales de la economía nacional. El Perú siguió siendo un país dependiente, importador de tecnología y solo de renta extractivista. El carácter testarudo de Velasco lo hizo entablar más una guerra contra los poderes fácticos del estado que una lucha por alcanzar su ansiado socialismo. Su insistencia chauvinista fue la mayor de sus torpezas.

Hoy un grupo insignificante en número y nimio en ideas pretende reconstruir los ideales de su maestro, sus pretenciosas poses patrioteras y sus más bajos pensamientos de resentimiento. Tal proyecto es ilusorio. El discurso político de embuste hoy lo controlan las mafias partidarias del APRA, el fujimorismo, el toledismo y otras facciones trepadoras. No hay cabida, si es que no se desmonta esa red venenosa, para ningún proyecto más, menos aún para el velasquismo, nulo en planteamientos, abolido en ideología y rechazado en mayoría.

Punto de mira VIII

Las mentiras del clan fujimori


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Por César Achawata
(Perú)

El clan Fujimori y su secta de fanáticos zopencos surgieron de la veneración del tótem ancestral llamado Alberto Fujimori. En la actualidad el partido (que un día fue Cambio 90, Nueva Mayoría, Vamos Perú, Alianza por el Futuro y tantos nombres más) dirigido por Keiko Fujimori, señora sin profesión ni renta conocidas, también debe su existencia a la omnipresencia del «Chino».

La creación de Fujimori se remonta a los últimos años de la década de 1980, cuando el entonces «compañero» García gozaba del poder presidencial. Los vínculos entre ambos sujetos, detestables y egoístas, hay que encontrarlos por aquellos años: García consultándole sobre asuntos agrícolas al ingeniero Fujimori, diciendo que era el mejor candidato para el Perú, coordinando los movimientos en reuniones a escondidas en hoteles de lujo, y desplegando todo el aparato estatal, el SIN (Servicio de Inteligencia Nacional) por ejemplo, para manipular una campaña profujimorista.

No es novedad que por estos años Keiko Fujimori, heredera corrupta del ingeniero, y Alan García, el gurú egocéntrico y de maldad sorprendente, enreden sus tentáculos perjudiciales para liberarse mutuamente de crímenes flagrantes y delitos malintencionados. Que durante el segundo gobierno alanista se haya impedido, de todas las formas posibles, que se investigara los actos de corrupción del fujimontesinismo, no sorprendió. Que ahora mismo la secta fujimorista obstaculice las pesquisas contra el «doctor» y su APRA, no asombra. Que ambos individuos sean incoherentes trepadores y rateros, tampoco extrañó ni extraña. Fujimori (todo el clan y su secta) y García (su APRA y sus lamebotas) conforman la política perniciosa del Perú.

La consigna publicitaria y de campaña («Honestidad, progreso y trabajo») que alzó Alberto Fujimori en las elecciones de 1990 fue hipócrita, mentirosa y sinvergüenza. Él mismo se refería como salvador del país y lejano de toda práctica política enviciada. Incluso diría «Fujimori es el único que puede gobernar el Perú». ¡Cómo no!, si esta clase de personas engañan sin pudor y a mansalva, tienen un ego tremendo y contienen complejos de soberbia indiscriminada.

¿Ya se le olvidó al clan fujimorista cuando su tótem paternal quiso aprovechar y robarse un terreno de varias hectáreas en Pampa Bonita? ¿Es que también tiene el cerebro desmemoriado cuando se le menciona acerca de todo el dinero desvalijado del país para darle educación a sus hijos? Las masacres de Chumbivilcas, Barrios Altos, la Cantuta y muchas fechorías más son desvergonzadamente borradas del disco patoso y repetitivo de la propaganda fujimontesinista del siglo XXI.

La propia sucesora del padre preso tuvo el cinismo de asegurar que a ella no le constaba que los exterminios sangrientos hayan sido ordenados por su padrino Vladimiro Montesinos, hombre de confianza del Tótem. ¿Cómo le alcanzaba al ingeniero un sueldo de poco más de dos mil soles para financiar el más de millón de dólares que costó la educación de sus herederos en Estados Unidos? Keiko Sofía Fujimori vive hoy como una reina. Nunca ha trabajado, pero da vida de príncipes a sus retoños. Tiene la ambición de ser presidenta del Perú, pues debe asegurarles el futuro a los niños y la argolla en la secta.

Los fujimoristas conservan, a pesar de los años, un espíritu de clan arraigado e intolerante. Durante su dictadura la meritocracia fue eliminada de modo descarado. Muchos de los males que hoy sufre el país se los debemos a ella. Sus arrastrados seguidores conformaron el poder autárquico, sostenido en un régimen cívico-militar inmoral, perjudicial y dañino. Son centenares los que figuraron, y todavía figuran, en la lista de afanosos arribistas: Juan Luis Cipriani, Laura Bozzo, Nicolás Lúcar, entre otros muchos. Y es que ahora, de incoherencia acostumbrada, niegan y reniegan de aquellos años maravillosos. Es la conducta habitual de los tipos amantes del dinero fácil y el trabajo obediente y eterno.

Los súbditos del Tótem repiten en todos los medios que le debemos la paz, la estabilidad económica, el desarrollo de infraestructura y el progreso institucional, a la dictadura del noventa. Hoy todas estas mentiras gozan de espacio en los medios que tienen nostalgia de los años en que recibían inmensas sumas de dinero, tiempo en el que evadían impuestos y exaltaban el periodismo sensacionalista. Extrañan a las «geishas» del periodismo comprado que acompañaba al Dictador por la madrugada a las islas flotantes de los Uros, en medio del Titicaca. Añoran la disolución del congreso en 1992 y el perdón a los terroristas en 1995. Todo esto aflige y ocasiona profundo pesar en el harén periodístico profujimorista.

En el glosario embaucador de la pandilla fujimorista también se encuentra la apropiación de la captura de Abimael Guzmán y la cúpula terrorista. Alberto Fujimori no fue artífice de la detención de Guzmán. Hay que recordarle a la gente que el propio ingeniero cerró el GEIN (el grupo de inteligencia que atrapó al terrorista y a los suyos) algunos meses más tarde. Hay que mencionarle que el Tirano, seguido de su falso congreso, se negó a investigar a Montesinos. No hay que mentirle más al país con cuentitos propalados por un periodismo corrupto e interesado solo en conservar su poder.

Punto de mira VII

La desfachatez del APRA alanista


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Por César Achawata
(Perú)

En agosto de 1994 los apristas, indignados, camaleónicos y oportunistas, organizaron un pomposo congreso nacional en el que presentaban un balance del primer gobierno alanista. El documento concluyente de tal evento tenía como máximo adagio la defensa o protección del prestigio «inmaculado» del APRA, consabido y referido con los años de su historia.

El partido del pueblo, del compañero Alan García y sus lamebotas, se hacía de un salvoconducto titulado «No más calumnias», en defensa y conservación del partido mejor organizado, más añejo, destacadamente inconsecuente, disparatado y corrompido del Perú. De manera hipócrita, como también lo cuenta su larga vida política, el APRA culpaba de su fracaso y justificaba sus malintencionados errores.

Se atrevía incluso a divinizar la figura del señor García, referido en esos años aún como compañero (las distinciones de «doctor» y de «presidente», patéticamente empleadas por su harén periodístico, llegarían años más tarde), de instituirlo como el ser omnipotente, salvador del país, único candidato aprista del siglo XXI y heredero de Haya de la Torre, otro ser también divinizado y enarbolado hasta más no poder.

Los cuestionamientos que se suceden al APRA se los debemos a ambos personajes, padre e hijo son culpables de la incongruencia aprista. Las convicciones radicales, revolucionarias, izquierdistas y rojas, la ansiada utopía de la dictadura del proletariado obrero y campesino, y la lucha contra el imperialismo y el latifundismo, de autoría aprista y convencimientos de Haya, se vieron derrumbados por el espíritu arribista y ambicioso de sus dirigentes, embriagados de un poder podrido.

Alan García fue el culpable del desastre nacional y de la bochornosa caída de su partido. Hoy sus congresistas, limitados en número y también en cerebro, de mentalidad perversa y de acciones tramposas, dan muestra de tal aseveración.

En el año 2001, y tras varios años viviendo en el número 118 de la Rue de la Faisandeire, en un departamento que nunca se supo cómo adquirió, alojado entre jeques y millonarios de París, y con hijos estudiando en la Ciudad Luz (repito con dinero de quién sabe dónde), desgraciadamente retornaría al Perú.

En aquel año un periodista le preguntó por qué ambicionaba otra vez el poder si ya lo había saboreado, le increpaba su egocentrismo y frivolidad en asuntos partidarios, y casi le exigía que reestructure el partido que una vez demolió. La respuesta fue embustera como siempre: «Porque amo al Perú». Le faltó agregar «también a su dinero».

El «doctor» García es tan incomprensible como lo fue su ídolo Haya, quien le mintió al pueblo peruano en su macrodiscurso antiimperialista, pues terminaría aliándose con proteccionistas del capital y esclavistas de la pobreza: Manuel Prado y Manuel Odría. Es histórica la imagen en la que sale el dios Haya, comiendo, bebiendo y sonriendo, con el constructor militar Odría.

El año pasado el «presidente» publicó su libro (el cuarto en pocos años, todos best sellers y de cientos de dólares en regalías), titulado 90 años de aprismo, robándose un verso de César Vallejo para el subtítulo: «Hay, hermanos, muchísimo que hacer», y rememorando al partido de la avenida Alfonso Ugarte. Allí vendía la misma historia: contra el capitalismo depredador, a favor de la moralidad y los valores en la vida, el desarrollo de la educación y todo el chamullo de siempre.

¡Pero qué mentiroso puede llegar a ser el compañero García!, pues él tiene el descaro de exponer lo que dice el rígido manual aprista, de reactualizar la ideas de su maestro y compararlas con la China de Deng Xiaoping. ¡Y ahora se le ha dado por ser abogado de dirigentes venezolanos! Claro, tales muestras intelectuales y profesionales reconocen en él al demócrata cucufato, inexistente y, aunque suene a verdad de Perogrullo, vendepatria.

El García de hoy, de mayor maldad que el anterior, dice más veces «empresa» que «gran transformación». Le importa más el crecimiento económico que la integridad ética de la gente, más el reconocimiento personal que la gloria colectiva. Hay que recordarle que durante su primer gobierno dijo: «Yo no me quemo solo y si me quemo, me quemo con ustedes». A lo que hay que agregar lo siguiente: «¡Este es el APRA, qué les parece!».

Punto de mira VI

Mario Vargas Llosa y el nacionalismo depredador


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Por César Achawata
(Perú)

Mario Vargas Llosa es uno de los más reconocidos escritores peruanos y también una de las figuras intelectuales más nocivas del país. El novelista es un farsante, motivado por un egocentrismo frívolo y dañino, que tiene compromiso únicamente con la pluma. Eso sí, no con cualquier pluma, sino una que le permita ser escritor profesional, merecedor de una condecoración en Washington, Berlín o Londres. Capitales de países enfermos de un nacionalismo depredador.

El Nobel, amante de la democracia y el sistema neoliberal, admirador de Karl Popper y apasionado taurófilo, no es más que un peón (eso sí fiel, hay que reconocerle algo) de sus amos del norte. Su visión democrática y pluralista le permite aceptar esos tipos de nacionalismos perniciosos. El novelista idolatra los nacionalismos de exportación, aquellos que pueden expandir sus telarañas en territorios tercermundistas: la abusiva intromisión estadounidense a través de sus bases militares y económicas en Sudamérica, la Europa servil de la troika merkeliana y el decrépito colonialismo de Gran Bretaña sobre las Islas Malvinas.

Para Vargas Llosa, el neocolonialismo encarna la forma civilizada de la explotación contemporánea. Acusa con feroz enemistad a pueblos que no se alinean a sus patrones, y nubla sus argumentos con ataques pérfidos hacia formas de gobierno que él mismo alentaba y de los que ahora mismo reniega. El otrora socialista Mario Vargas Llosa dijo haber descubierto su amor por el Perú estando en Europa, sufriendo y doliéndose por los abusos de gente que nunca en su vida conoció y que tampoco le interesó conocer. Que el mismo se restriegue en el rostro las acusaciones de populismos, payasadas o demagogias que suele escupir contra los adversarios de sus titiriteros.

Él es muestra clara de aquellos sujetos, de terno y corbata, que desde Versalles, bebiendo un Château d’Yquem, escriben y dicen estar comprometidos con el Perú, pero que en realidad les importa un bledo. Y, ¡cómo no!, si Varguitas, como lo llamaban durante su candidatura presidencial, es un autodenominado ciudadano del mundo. Con el escribidor, los intelectuales de papel y pluma existen.

Su orgullo falso por la cultura prehispánica peruana contrasta con el fanatismo religioso que tiene hacia la cultura occidental. La actitud infantil, el rechazo a la ciudadanía peruana y la negación a las masas peruanas, tras la derrota presidencial de 1990, mostraron de forma contundente la catadura moral del novelista. Vargas Llosa es hipócrita, pues conoce los crímenes y atentados provocados por sus democracias y sus gobiernos, en contra de sistemas que pretenden alcanzar una autonomía nacional, pero calla porque así lo ordenan sus amos. Y es perjudicial, pues de cuando en cuando hiere con sus garras territorios donde nunca lo llaman, recitando discursos dignos de su ingenio literario, y que más bien son manuales de un neoliberalismo cucufato. La verdadera dictadura perfecta la encarna su mandamás yanqui.

Vargas Llosa no ha hecho absolutamente nada por el país al que dijo y dice amar. Todo lo contrario ha venido aprovechando su privilegiada posición para lanzar dardos envenenados en favor del neocolonialismo. «Al Perú yo lo llevo en las entrañas», pronunció en 2010 cuando le otorgaron el Premio Nobel. ¡Pero sí él es un ciudadano del mundo, del primer mundo!, que vive en cualquier parte, menos claro está en su orgullosa «suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales», llamada Perú.

¿Con qué moral se atreve Mario Vargas Llosa a denunciar los supuestos maltratos que vive América Latina, si gran parte de ellos fueron y son generados por sus patrones? Ahora lamenta y abomina a su civilización del espectáculo, gestada por la obsesión mercantilista y la fiebre del placer mundano de su también capitalismo de imperio. A Mario Vargas Llosa no se le puede comprender. Quien desee hacerlo deberá tomarlo como un personaje de novelitas de caballerías o como un héroe romántico de su impoluta literatura francesa. Un justiciero implacable de fantasías, poseedor de los valores más dignos, de lucidez y de coherencia simplemente ficcionales.

La escritura de Vargas Llosa encanta y engaña. Quien se atreva a negarle este mérito, sería un mezquino. Lo que critico de nuestro escritor es la actitud tránsfuga, vil y oportunista que suele tener. ¿Acaso no recordamos su inicial rechazo a Ollanta Humala, al que luego se alió para impedir la llegada del clan fujimorista? Al cual en principio tildó de dictador para luego llamarlo defensor de la democracia. O cuando unos días luego de su derrota en el Perú, aseveró en una entrevista en Francia que había aceptado el desafío de conducir las riendas del país por su conducta abnegada en favor de los peruanos. Y más adelante, típico en él, manifestaría (o más bien se negaría) que la política fue el peor error de su vida. Debería decir que su libertad y tolerancia occidentales produjeron el esperpento que somos hoy. En su sociedad civilizada de nacionalismos depredadores, «solo un idiota puede ser totalmente feliz».

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El rostro positivo de la Ley Juvenil Laboral

Por César Achawata
(Perú)OLYMPUS DIGITAL CAMERAseparador

Una vez más el gobierno pusilánime del Perú ha sido punto de ataques y escándalos. En esta ocasión, y para concluir un año en el que seguimos observando las actuaciones lamentables de quienes malconducen las riendas del país, ha salido al ruedo la Ley Juvenil Laboral. El martes 16 de diciembre aparecía en el diario oficial El Peruano el decreto legislativo N.° 30288, conocido mediáticamente como la Ley Pulpín. De inmediato, los días 18 y 22 de diciembre, las calles capitalinas se vieron pobladas por miles de jóvenes que reclamaban la derogación de la norma legislativa. La primera y segunda, y ahora una probable tercera marcha, han servido también para que aquellos titiriteros y oportunistas entreguen sus energías «en favor del joven pueblo peruano»: que los jóvenes no son tontos, que no se les puede tratar como esclavos, que ellos merecen trabajar de manera digna, etc., son algunas de las «sinceras» frases que han estado erigiendo con orgullo los politiqueros peruanos. Y no solo ellos, sino también la farandulera agrupación de los medios masivos de comunicación, que se han visto motivados por el goce repugnante de estar siempre en contra del Perú.

Las voces acusadoras de los jóvenes son de necesidad imperiosa, pues tienen todo el derecho de manifestar su rechazo. Está muy bien que salgan a las calles y que enfrenten las hostilidades de los politiqueros, pero por qué ha tenido que darse en el instante preciso en que aparece una ley, a todas luces inflada por los malintencionados medios, que en la práctica hace mucho que tiene vigencia. ¿Es que acaso con anterioridad los jóvenes no se hallaban en situación deplorable? Una situación en la que de dos millones y medio de jóvenes peruanos, menos del 10 % tiene un empleo formal. Esta ley no ha hecho más que evidenciar la triste realidad de cientos de miles de trabajadores. ¿Por qué si la situación era la misma, se esperó hasta hoy para salir a las calles? La respuesta puede salir de modo acelerado por algún joven diligente: «Es que hoy se pretende normar lo que anda mal». Cierto. Estoy en contra de aquellas conductas disparatadas de nuestros perniciosos políticos, de actitudes majaderas y respuestas necias. Pero también estoy en contra de aquellos «indignados» que protestan solo cuando sus propios intereses están en juego. Si en nuestro país las causas colectivas tuvieran el impacto, en cantidad y propaganda, de lo que hasta ahora las marchas en contra de la Ley Juvenil han originado, la situación nacional sería alentadora. La disconformidad es el rostro positivo de la nueva ley: las movilizaciones colectivas últimas evidencian el eventual poder de las multitudes peruanas, en la verdadera administración del Estado.

Parece ser que los peruanos hemos identificado, hace ya muchos años, y hemos colocado en el punto de mira a los políticos como portadores del mal, aunque aún no hemos alcanzado a asumir las responsabilidades propias de nuestras acciones, casi siempre acarreadas de dejadez y estupor. La utópica proeza de la revolución alza vuelo cuando advertimos la existencia de movilizaciones masivas como las sucedidas en estos últimos días. La juventud peruana debe involucrase en los eventos políticos de toda índole. Hoy el Perú se insinúa como un país de oportunidades para el cambio, y aunque esto requiera de la activa participación ciudadana, sostenida por la firme obligación y la imperturbable coherencia con las causas colectivas, debería ver su nacimiento pronto.

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Juerga y dinero en el Perú

Por César Achawata
(Perú)billete

separadorHoy la sociedad peruana, como otras muchas en el mundo, asume conductas de veneración hacia modos de vivir superficiales, frívolos y vacíos. Una vida en la que no importa más que el bienestar personal, a través de la madre Juerga y el padre Dinero. Ambos conforman la inquebrantable dualidad de opresión sobre todos los peruanos que alegan vivir cómodamente en el placer eterno. La inutilidad de su existencia es palpable cuando no se puede detectar en ellos sueños o anhelos que motiven con certeza su vida. Hoy la mayoría de nuestros ciudadanos habita en la mediocridad. Su vida acaba con el embrutecimiento que les brinda el dinero y la juerga. Muchos jóvenes y señores trabajan de modo diligente únicamente para malgastar su sueldo en las banalidades de la vida. Y no es que esté mal ganar dinero o divertirse en una fiesta. No. El mayor perjuicio de los peruanos radica en la idolatría ferviente sobre estos modos de vivir. El dinero y la juerga, claro que importan, pero nunca más que la vida verdadera.

La sociedad peruana está plagada de gente consumida por una civilización intrascendente. No podrá existir en nuestro país una sincera renovación mientras no cambiemos de manera urgente, pero radical, la tacaña situación del Perú. Tristemente, los peruanos valemos, hoy en día, por lo que parecemos, a partir de la riqueza económica y la evidencia parrandera. La docilidad, el abandono, la dejadez, el desinterés, y todo lo que involucre apatía de la vida está presente en la mezquindad peruana. Los centros universitarios, supuestos responsables del nacimiento de jóvenes conscientes de su tiempo, siguen asumiendo la actitud testaruda de que el bienestar existencial se da exclusivamente por medio de la devoción al dinero y la juerga. De modo paradójico, nuestro tiempo está observando el crecimiento demográfico de la población que accede a educarse. Así como nuestra sociedad está plagada de gente consumida, también está colmada de centros educativos nocivos para el bienestar moral. Los males evidenciados, tantas veces denunciados: inseguridad, informalidad, corrupción, etc., están sostenidos por nosotros mismos. Basta ya de engaños. Cada uno de los peruanos debemos asumir una actitud de coherencia, alejada de las motivaciones insignificantes que tanto daño le hacen a nuestra sociedad. Dejemos de vender el discurso del reclamo, pues nosotros somos quienes albergamos la vulgaridad existencial, siempre y a cada instante sacralizando el egoísmo del dinero y la juerga.

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