Punto de mira X

«¡Nunca fui fujimorista!», por Juan Luis Cipriani


ciprianiPor César Achawata
(Perú)

Las ideas retrógradas de Juan Luis Cipriani muestran a un individuo que se vale de la sotana y la estabilidad económica que le otorga la Iglesia para arrojar dardos de intolerancia, indiferencia y envidia. Indiferencia notoria cuando enmudeció sobre los abusos cometidos (ataques terroristas y secuestros de familiares) contra la gente, que «noble» y «supuestamente» debía defender Intolerancia evidente en casos de celibato clerical, de abortos y violaciones, y de uniones entre personas del mismo sexo. Envidia clara cuando se le habla de Gustavo Gutiérrez, teólogo y filósofo peruano, creador de la Teología de la Liberación.

Su relativa figuración mediática le hace creer que tiene trascendencia reverenciada. Y esto no es así. En una encuesta del año 2014, se indicó que la mayoría de peruanos tiene poco o nulo interés en lo que diga o haga el cardenal Cipriani. Este pretende erigirse como eminencia solo a partir de la pretensión de algunos medios, que hacen innumerables esfuerzos en tal dirección, y de ciertos comentarios suyos, prehistóricos y detestables.

La figura de Cipriani vinculado con el poder presidencial ha tenido solo un antecedente claro en nuestro país: Augusto Leguía y Emilio Lissón, arzobispo de Lima entre 1918 y 1931. Unión farsante que ocasionó el levantamiento del otrora Haya de la Torre revolucionario contra la consagración del Perú al Sagrado Corazón de Jesús. La década de 1990 fue reveladora en tal sentido: Cipriani, arzobispo de Ayacucho (1995-1999) y «dueño» de esa región y de la Iglesia Católica peruana, se alió con Alberto Fujimori.

Ambos conformaron la pareja encargada de proteger a terroristas y a militares execrables. «Algunos hermanos nuestros, desesperados y engañados, emprendieron el camino de la violencia», decía con tono delicado y evasivo el entonces arzobispo de Ayacucho, en referencia a Sendero Luminoso de Guzmán. Monseñor no cree en la defensa de los pobres y rechaza de plano toda acusación y denuncia contra su ídolo Fujimori. Su Opus Dei, segregacionista y elitista, devora toda ilusión de armonía humana.

Juan Luis Cipriani ha tenido frases que no pueden ser consideradas simplemente torpes, pues rayan en la maldad. Que una Coordinadora de los Derechos Humanos fuera una cojudez, que haya detestado a la OEA cuando esta quiso intervenir luego de la disolución del Congreso en 1992, que las imputaciones contra la masacre de la Cantuta eran pretextos para tapar el «excelente» gobierno de su jefe, son evidencias claras de la perfidia del arzobispo. También, claro está, de su fervorosa admiración a Fujimori: «Es una tarea impresionante la que está haciendo el Presidente… Yo encuentro que el Presidente tiene un montón de aciertos, un montón de éxitos».

Un libro reciente de Luis Pásara rastrea bastante bien el accionar de Cipriani en lides políticas y su indiscutible afán por aparecer como portador de verdades ineludibles. Las luchas actuales del cardenal tienden a servir al clan Fujimori, con el indulto al tótem Alberto Fujimori y el ascenso al poder de su hija. Y de vez en cuando, intercambiar rancias discusiones con el novelista Vargas Llosa, y eso sí, hallarse en constantes conflictos con sus fieles y sus pares eclesiásticos. Pares que conforman la Conferencia Episcopal, que nunca lo ha elegido como presidente del cónclave. Sus razones tendrán.

Es aterrador recordar a Juan Luis Cipriani, entre lágrimas por las muertes causadas en el secuestro de rehenes de la embajada de Japón (1996-1997), y confrontarlo con aquel que calló cuando la dictadura fujimorista esterilizó, con su perverso Programa de Salud Pública, a más de 330 mil mujeres peruanas. Y evocar las historias truculentas que dicen que él mismo había mandado colocar en el Arzobispado de Ayacucho, «Aquí no se atienden reclamos de Derechos Humanos», es estremecedor, aunque coherente con el comportamiento del cardenal.

Dice él que nunca fue fujimorista, a pesar de que lo defendió a capa y espada, y aprobó todos sus crímenes. Asegura que condenó el terrorismo, cuando se opuso a un Museo de la Memoria. Y afirma que es un hombre humilde, menesteroso e indulgente, pero que expresa: «Yo soy muy libre, digo cosas fuertes y es lo que me hace tener problemas. No hay tantos valientes en este país». Hay que responderle que afirmaciones como esa son tapaderas de su presuntuosidad y su egoísmo.

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Yopino V

La marcha de los pitufos


Por Tania Belén
(Perú)

¿Las marchas tienen repercusiones en la sociedad? O ¿Son simples movilizaciones de jóvenes sin nada que hacer como muchos ciudadanos aún creen?

Tengo 24 años y desde hace 6 participo en las movilizaciones que creo justas y necesarias. Y cuántas veces he visto, con alegría, caer a esas «leyes» que se le imponen de manera injusta a mi país. Cuántas veces sonreí al escuchar que el gobierno había retrocedido en ideas macabras como la implementación de la AFP obligatoria a los trabajadores independientes o cuando colocaron a Martha Chávez como presidenta de la comisión de los Derechos Humanos, o la más reciente y célebre derogación de la Ley Pulpín, que convocó a cinco multitudinarias movilizaciones de jóvenes indignados que lejos de amilanarse con la increíble represión policial, persistían en su intento de eliminar la ley explotadora (y lo lograron, lo logramos).

Mi generación ha empezado a despertar. Luego de casi 20 años de letargo, empezamos a sentir el poder que la ciudadanía organizada otorga. Sin importar los gases lacrimógenos, las balas al aire, las críticas de ciudadanos conformistas y adictos a la prepotencia de los gobiernos, se ha  logrado conformar colectivos independientes, sin ligazones políticas, ciudadanos indignados que salen una y otra vez, convencidos del poder popular, convencidos de sus ideales, convencidos de que el Perú puede ser un lugar menos nefasto e injusto.

Y es que a los jóvenes conscientes nos duele el Perú y sus flagelaciones. Nos duele la tierra que envenenan las grandes mineras. Nos duele esa policía que come de nuestros impuestos y golpea, reprime y maltrata a los peruanos que luchan por la conservación del medio ambiente. A los ciudadanos conscientes, nos duele Bagua, Conga, Tía María, las agresiones de Yanacocha, la expropiación de Petroperú, nos duelen 10 años de dictadura, nos duele la guerra interna, nos duele la impunidad en las violaciones de los Derechos Humanos, nos duele la Confiep y sus ganas de generar mano de obra barata, nos duelen los gobiernos que cada cinco años llegan para servir a las grandes industrias sin importarles la ciudadanía que queda postergada en el olvido, consumiéndose en su indignación.

Es cierto que tenemos taras, muchas taras: somos un pueblo que se quedó casi sin fuerzas luego de la guerra interna, y con una herida social que aún no cierra por completo. Un país maltratado por sus gobernantes, manipulado y vejado. Un país idiotizado por la concentración de medios. Un país enfermo de machismo. Un país laico donde el cardenal cobra como congresista.  Un país con un gran grupo humano que niega derechos fundamentales a las minorías. Un país enfermo, donde se cree que puede legislarse según los parámetros bíblicos. Un país con una clase política de derecha que vive de espaldas a sus habitantes y se ríe de su ignorancia, mientras come de su fuerza laboral.

Pero, estoy segura, estamos atravesando un proceso de cambio social, con cada marcha, con cada movilización, con una generación mucho más consciente sobre lo que merece recibir. Estamos empezando a construir un país nuevo porque estamos hartos de vivir hundidos en la mierda. Nos estamos levantando porque estamos adoloridos e indignados, y volvemos de nuestra indignación una fuerza para luchar, protestar, gritar contra todas las injusticias que se cometen.

El camino es largo, sí. Pero mi generación está  retomando lo que se borró en los años 90.  La organización popular está empezando a cobrar preponderancia, la autogestión, la búsqueda de nuevos representantes, la búsqueda de concretar el sueño de vivir en justicia, igualdad y dignidad, se está dejando sentir cada vez con más fuerza. Y puede que nos vuelvan a traicionar como lo hizo Ollanta Humala con el cambio de ruta, pero seguiremos de pie y vigilantes ante cualquier irregularidad, para salir, gritar y protestar; para tomar la calle que todos los peruanos financiamos con nuestros impuestos. Porque la fuerza popular existe y lo estamos entendiendo.

A mis 24 años comprendo que la importancia de las marchas radica, no solo en derogar leyes, denunciar actos de corrupción o demostrar el desacuerdo popular, sino también, en la organización social que se gesta detrás de ella, en hacer llegar el mensaje a todos aquellos que se muestran indiferentes ante los acontecimientos sociales de su país, y, sobre todo, mantener vivo al territorio, replantear mil veces, si es necesario, la estructura política de nuestro país. Las marchas, por más pequeñas que sean, por más jóvenes que sean los manifestantes, siempre serán imprescindibles si se quiere un país que se desarrolle en justicia y dignidad.

Yopino IV

Para nunca olvidar: reconociendo el cambio del 90


Por Tania Belén
(Perú)

Un 5 de abril hace 23 años, 22 millones de peruanos observaban cómo el entonces presidente Alberto Fujimori, hoy reo por asesinato, corrupción y violación a los derechos humanos, disolvía el congreso acabando con la democracia y los estados de derecho en el Perú.

Los peruanos de los años 90 vivíamos en un estado lamentable: el gobierno de Alan García nos había sumido en una nefasta inflación económica, el terrorismo de Sendero Luminoso y el MRTA aniquilaban las poblaciones campesinas y arremetían contra la capital, los gobiernos de Belaúnde Terry y Alan García no tuvieron ningún plan para frenar la violencia terrorista, y la corrupción en el ámbito político no hacía más que afianzar el sentimiento de desprotección en los ciudadanos peruanos.

Es en aquellas circunstancias en que nos sorprende el proceso electoral de 1990. Un Mario Vargas Llosa de 50 años –en coalición con el Partido Popular Cristiano y Acción Popular– se enfrentaba en campaña política con un desconocido agrónomo llamado Alberto Fujimori. Un impresentable Alan García daba su total apoyo al candidato desconocido, mientras el outsider disminuía a su contrincante citando pasajes de su última novela (Elogio de la madrastra) para tildarlo de inmoral.

Luego de las sorpresivas elecciones presidenciales, se celebró el 10 de junio de 1990 la segunda vuelta electoral en donde saldría victorioso Alberto Fujimori con un 62,4% de votos válidos. La población confió en el agrónomo desconocido quien bajo el lema «Honradez, tecnología y trabajo» prometió una serie de acciones que después desestimaría.  El pueblo confió ciegamente en un político no tradicional, sin saber lo que más tarde el fujimorismo tenía preparado para todo el Perú.

Ahora, 25 años después de este viro en la historia peruana, la endeble justicia peruana tiene a Alberto Fujimori y a Vladimiro Montesinos encarcelados por corrupción, por robo y por violaciones a los derechos humanos. Sin embargo, y a pesar de las innumerables pruebas que existen en su contra, existe un grupo importante de la población que respalda el gobierno dictatorial y genocida de los años 90.

Quizá el único «acierto» de ese nefasto periodo presidencial haya sido el extremo populismo que Fujimori practicó. Acompañado de una prensa lambiscona y comprada, la dictadura, altamente mediática, fue la trampa perfecta para una población dolida por los años del terrorismo y los tantísimos gobiernos que vivieron de espaldas a las poblaciones más necesitadas. Sus constantes apariciones públicas, su «apoyo» en casos de desastres naturales, la falacia de «sin mi gobierno, sin el autoritarismo, el terror volverá» repetida durante 10 años, siguen rindiendo frutos.

Y es que la dictadura no solo dejó un daño social en la comunidad peruana, sino que nos acercó a este modelo neoliberal y explotador en que nos desarrollamos. Nos introdujo en la informalidad laboral y moral, nos enseñó que el cinismo era la manera más fácil de vivir, nos adiestró para mostrar un rechazo rotundo a todo aquello que parezca tener un modelo social de izquierda. En resumidas cuentas, el autogolpe terminó con un una etapa difícil y caótica en la historia peruana, para introducirnos a una más corrupta, más obscena, más violenta, más embrutecedora y, sobre todo, más informal.

Y para demostrarlo, aquí el esclarecimiento de los «puntos fuertes» para la defensa de la dictadura por parte de los fujimoristas:

• Enfrentó y acabó con el terrorismo: En Marzo del 1990, Benedicto Jiménez junto a Marco Miyashiro conformaron el GEIN, grupo destinado a la captura del líder senderista Abimael Guzmán. Dos años después, el 12 de septiembre de 1992, a las 8:14 de la noche, Guzmán es capturado en una casa de Surquillo junto a Elena Iparraguirre, Laura Zambrano, entre otros terroristas. Luego, la caída de Sendero Luminoso sería vertiginosa.

Como vemos, la «decisión» de acabar con el terrorismo no fue «obra» de Fujimori. Él se subió al coche. Cabe mencionar que meses después el GEIN sería desintegrado por mandato del gobierno, pues existía una rotunda resistencia a aceptar la muerte del terrorismo senderista. En cambio, se implantó un terrorismo de estado que «eliminaba» a todo aquel que se oponía al régimen dictatorial.

En resumidas cuentas, el fujimorismo extendió el miedo que la población sentía hacia el terrorismo para ejecutar con total impunidad a los opositores del gobierno, tildándolos de terroristas. A eso se le conoció como terrorismo de estado.

La información sobre la captura de Abimael Guzmán, pueden verla aquí.

•Redujo la hiperinflación e incentivó a la comunidad internacional: La hiperinflación producida por el gobierno de Alan García, llegó hasta el 32% durante el segundo semestre del 1989, situación que mantenía a la sociedad en un estado de emergencia.

Ansioso por reducir las cifras, Fujimori, siguiendo los consejo del Fondo Monetario Internacional, implantó el shock económico (medida que durante su campaña había desestimado por completo; acción que Vargas Llosa había declarado urgente), lo que se tradujo en una serie de medidas que aparentemente ayudarían a la recuperación del país, pero que en la práctica resultó ser  una descarada  venta de las empresas estatales: se eliminó el control de los precios del sector privado y se implementó el alza de los productos del sector público.

Con esta acción se logró disminuir los ingresos líquidos de las empresas públicas, se dio la reestructuración de los precios generando una devaluación de los salarios laborales a nivel nacional, para más adelante cambiar la moneda del Inti al Nuevo Sol. Estas medidas dieron inicio al sistema neoliberal en el que nos encontramos hoy, sistema que beneficia al empresariado extranjero en detrimento del trabajador nacional.

Si bien el país logró disminuir la inflación, el precio social fue demasiado alto y se sigue pagando 23 años después. Los despidos masivos de trabajadores, la venta indiscriminada de empresas nacionales a precios ínfimos, la precarización de los contratos laborales, el cierre de fábricas por falta de protección hacia la industria nacional,  la eliminación de las restricciones de las inversiones extranjeras llevaron al país hacia una generalización de la pobreza.

Gracias a estas medidas, la informalidad en el país creció a un nivel alarmante, situación que aún no puede ser controlada. Eso sin mencionar la eliminación de los movimientos sindicalistas. A pesar de los despidos masivos, del desempleo generalizado y la informalidad laboral. Para 1994 el crecimiento económico del país era del 13%, lo cual demuestra que los únicos beneficiados con estas medidas fueron (y siguen siendo) los capitales extranjeros avalados por la constitución del 1993.

Más desaciertos de las modificaciones económicas pueden verlas aquí.

• Cerró el congreso y puso leyes duras para los delincuentes y los terroristas: El 5 de abril de 1992 se inscribe en la historia negra del Perú como el día en que se eliminó la democracia y se abrió camino a la impunidad delictiva, a la corrupción alarmante, a la violación de los derechos humanos y al dominio de todos los medios de comunicación. Aquella noche se dio inicio a los 10 años más nefastos de nuestra historia contemporánea: la dictadura fujimontesinista.

A pesar de los índices de popularidad que tuvo este gesto, el autogolpe no solo desconoció el estado de derecho sino que abonó el terreno para la impunidad que su gobierno gestó. Desconociendo la constitución del 1979, disolvió los poderes del estado, intervino televisoras y emisoras radiales, dio arresto domiciliario a periodistas y a líderes de oposición. Su fin: tener absoluto control de lo que se hacía con el país y de lo que se le dejaba saber al pueblo.

Nadie imaginó que el último decenio del milenio pasado tendríamos un golpe militar promovido por el mismo gobierno. Nadie imaginó que ello nos condenaría a entregarle a Fujimori, Montesinos y sus adeptos, un aproximado de 14 087 millones de dólares. El fujimorato acabó con el 50% del gasto público anual y el 4% del PBI. Nadie imaginó la compra casi absoluta de todos los medios de comunicación, lo que desencadenó en un embrutecimiento progresivo y colectivo de la gente: los medios mentían, Laura Bozzo mostraba peleas y lamidas de axila por algunos soles, mientras los cómicos ambulantes entretenían a la gente; el escenario perfecto para la formación de las mafias en el gobierno, el robo y el asesinato de los opositores al régimen.

Nunca existió en la Constitución del 1993 una sanción clara para erradicar la violencia. Lo que existió fue la implantación de un estado de terror, persecución y de represión. El grupo Colina fue el encargado de asesinar a dirigentes sindicales y sociales acusándolos de terroristas y de masacrar y violar civiles. Se dio la intervención militar de las universidades: el desenlace más triste fue la matanza de nueve alumnos y un profesor en la Cantuta. Se organizó la desaparición forzada de todo aquel personaje que podía ser incómodo para la dictadura.

A Fujimori nunca le interesó la seguridad ciudadana, prueba de ello es la Ley de Amnistía promulgada en el 1995, en donde se les otorgó el perdón a todos los violadores de los derechos humanos involucrados en las matanzas de La Cantuta y Barrios Altos. A Fujimori nunca le interesó que el pueblo se recupere de la Guerra Interna, prueba de ello fue el constante recordatorio de «los peligros del terrorismo que no habían terminado con la captura de Abimael Guzmán». A Fujimori le encantaba convencer al pueblo de que él y no el GEIN, había terminado con el terrorismo, de que solo él tuvo las agallas para acabar con la corrupción, de que solo él fue capaz de reducir la pobreza. Nada más falso.

Aún siguen desaparecidos 15 000 peruanos, aún existen 600 fosas comunes que no han sido exploradas, aún hay cerca de 2000 mujeres esterilizadas contra su voluntad que esperan justicia. El autogolpe no es sinónimo de un hombre con pantalones, es sinónimo del inicio de una serie de maltratos a la dignidad del peruano, los cual no se debe olvidar.

Más indignación en:

 

 

Punto de mira IX

Las torpezas de Velasco


velasco
Por César Achawata
(Perú)

Circula en los quioscos del país un panfleto llamado «El diario», mal escrito, descuidado y desinformado, que evoca las hazañas de Velasco Alvarado, sus torpezas e ideales de papel. El general Velasco se convirtió, por ignorancia y lejanía con la realidad, en su ser obstinado por las reformas. Todas con finales desastrosos. Y como toda eminencia, aclamada y autoaclamada de revolucionaria, genera en el mundillo político del Perú contemporáneo pasiones de odio y de amor.

Una noche antes del golpe del 3 de octubre de 1968, Belaúnde Terry y su gobierno procapitalista habían nombrado a un nuevo gabinete que dirigiría el país por los meses finales del mandato que les correspondía. El Perú de aquellos años era un hervidero de reclamos y movilizaciones de grupos de izquierda y de extrema izquierda. Torrente de inestabilidades sociales y políticas engendradas por ineptitudes propias del gobierno de turno, y por una alianza despreciable entre el APRA y el partido de Odría. Alianza que es reedificada hoy por el aprofujimorismo.

Y es que los símbolos de un nacionalismo de discurso revelaban la paranoia velasquista. El gobierno de la Fuerza Armada pretendió realizar una revolución sin revolución, un gobierno popular sin el pueblo. Pancartas, banderolas, himnos e íconos políticos fueron herramientas con relativo éxito solo durante los primeros años de la Revolución. La propaganda populista montada por el Sinamos (Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social), grupo de teóricos velasquistas, y el COAP (Comité de Asesoramiento de la Presidencia) logró concretar un imaginario discurso antiimperialista.

Como ha ocurrido en todos los gobiernos peruanos, la ignorancia política y la nula preparación en asuntos de índole económica y social gestaron el fracaso nacional. El objetivo de Velasco, por muy encomiable que haya sido, no se concretó. Su mayor éxito, pasajero y perecedero, fue relegar a la oligarquía por algunos pocos años. Victoria insignificante si mencionamos que los sectores de pesca, petróleo, agricultura y minería fueron un desastre. Si agregamos que la estatización masiva produjo corrupción y burocracia inservible. Y si concluimos con la frase ultrademagógica, y por ello mismo irrealizable, «Campesino, el patrón ya no comerá más tu pobreza», pronunciada por Velasco en 1969, con llantos de emoción y griteríos de patriotismo. Pero que en realidad no fue más que una desgraciada utopía, pues la reforma agraria en ningún momento benefició al campesino pobre.

Hace varios meses, en el año 2014, Martha Meier Miró Quesada, editora de un periódico «pulcro» y «casto», escribió con indignada cucufatería los abusos cometidos por Velasco en contra de su «virginal» diario. Hay que recordarle a Meier, candidata fujimorista en el año 2000, que El Comercio, boletín alanista, en 1968 aplaudió la toma de la International Petroleum Company (IPC) por la Fuerza Armada, de la que hoy reniega. Debemos mencionarle que su histórico APRA, con un Armando Villanueva insurgente y con un Haya de la Torre conservador, decía por los años velasquistas que el General hacía aprismo sin el APRA.

El librito azul de Velasco, superideológico e irreal, del Manifiesto, el Estatuto y el Plan Inca, asumió un modelo no pensado, improvisado y con cargado fin de electoralismo irracional. Con el Comandante no se modificaron las características esenciales de la economía nacional. El Perú siguió siendo un país dependiente, importador de tecnología y solo de renta extractivista. El carácter testarudo de Velasco lo hizo entablar más una guerra contra los poderes fácticos del estado que una lucha por alcanzar su ansiado socialismo. Su insistencia chauvinista fue la mayor de sus torpezas.

Hoy un grupo insignificante en número y nimio en ideas pretende reconstruir los ideales de su maestro, sus pretenciosas poses patrioteras y sus más bajos pensamientos de resentimiento. Tal proyecto es ilusorio. El discurso político de embuste hoy lo controlan las mafias partidarias del APRA, el fujimorismo, el toledismo y otras facciones trepadoras. No hay cabida, si es que no se desmonta esa red venenosa, para ningún proyecto más, menos aún para el velasquismo, nulo en planteamientos, abolido en ideología y rechazado en mayoría.

Divagaciones IV

La «cultura» como camuflaje


colón
Por Milton Gonzales
(Perú)

Ardua fue la espera desde aquel jueves 11 de octubre de 1492, cuando los tripulantes de la Pinta y la Niña divisaron las primeras señales de lo que ahora conocemos como América. Ardua espera, pues desde entonces han debido transcurrir cinco siglos para empezar a comprender que aquellas personas que se acercaron a las caravelas con ánimos de conocer a los viajeros de ultramar, que aquellos seres de «cabellos no crespos, salvo corredíos y gruessos [sic.] como sedas de cavallo[sic.]» de «ojos muy fermosos [sic.] y no pequeños», según los describe Colón en su Diario, que aquellos nativos que cambiaban gustosos sus riquezas por pedazos de vidrio u otras minucias que el Almirante y su gente llevaban a bordo, no eran de ninguna manera ignorantes o «menos dotados» por el hecho de aceptar aquellos intercambios materiales aparentemente desventajosos.

Es decir, más de quinientos años hemos esperado para comprender que, en el fondo, dicho encuentro entre Colón y los nativos americanos solo revela un impase cultural y no la superioridad de una «raza», cultura y lengua, sobre otras. Pareciera mucho tiempo de espera para algo que hoy es aceptado –aunque lamentablemente no de forma unánime– y visto como una diferencia entre la tabla de valores bajo la cual los nativos entendían y organizaban el mundo, y la que estructuraba el imaginario de los «descubridores».

Como muchos estudiosos ya han observado, nada posee el oro en sí mismo que lo haga más valioso que un pedazo de vidrio, sino que el valor de dichos objetos es otorgado por convención social. De manera que es perfectamente lícito afirmar que para los que vivían en este continente antes de que fuese nombrado América, el valor que poseía aquel material traído por los viajeros del mar era mayor –quizá por su novedad o extrañeza– que el que poseía el oro, el cual, dentro de todo, les resultaba cotidiano, o por lo menos para los nativos el oro no parecía tener ese valor social de intercambio que sí tenía para el Almirante –y para el mundo que él traía sobre sus hombros–, valor que se mantiene vigente hasta nuestros días por obvias razones.

Ahora bien, me he permitido hacer esta introducción un poco extensa, puesto que los problemas culturales que han marcado a nuestro continente –lo cual ahora es un importante motivo de reflexión– bien podrían encontrar su génesis en dicho evento. Me gustaría decir que ahora ya nada es lo mismo, pero en defensa de la verdad no es posible sostener otra cosa sino que aún no hemos conseguido librarnos de cuestiones tan lamentables como la intolerancia cultural, el glotocentrísmo, la discrimación, etc.

Aunque aceptemos que dentro de un mismo espacio geográfico pueden convivir diversas sociedades y comunidades, distintas y definidas cada una por sus particularidades (costumbres, tradiciones, mitos, entre otras cosas), parece que nos cuesta mucho trabajo abandonar la idea de que existe UNA sociedad modelo a la cual todos debemos imitar o tratar de parecernos lo más que podamos. Como Colón, que consideraba inferiores a los antiguos americanos por su escaso parecido con los hombres europeos.

Bien podría extenderse para todo el continente lo que expondré a continuación; no obstante, lo sostengo pensando en el caso específico del Perú. De alguna manera, en los últimos años la diversidad cultural tan propia de nuestro país ha comenzado a ser (re)conocida por parte de los habitantes, lo que a fin de cuentas (al momento de crear un imaginario nacional) es mucho más importante que el reconocimiento por parte del Estado.

Precisamente aquí es necesario situar el importantísimo papel que juegan los, inadecuadamente llamados, «hombres de cultura»: escritores, catedráticos (sobre todo los de humanidades), cineastas, críticos, músicos, pintores, historiadores, etc. Ellos son los más capacitados para, desde la perspectiva de la reflexión y la creación, reafirmar o rechazar aquellos elementos que ya forman parte o pretenden incorporarse al imaginario sociocultural.

Dada su formación y la capacidad que tienen para interpretar los discursos de la cultura, lo cual, bien visto, es un arma sumamente poderosa (podrían alzar la voz y mover a mucha gente), deberíamos exigirles una participación y un compromiso mucho más activo. Pero no… para  ellos –para nosotros– la «cultura» es un camuflaje, un pretexto para no entrometerce en asuntos espinosos de orden político o económico; es también un ornamento para reafirmar una posición social; y casi nunca una herramienta para expresar el desacuerdo, la crítica, la oposición frente al poder y la autoridad.

De ninguna manera me refiero a que los «artistas» deberían producir obras panfletarias o que reflejen un evidente compromiso social –qué chatura la de ese tipo de obras–; sino que, además de su producción artística, aunque no tan al margen de ella, los artistas no olviden que forman parte de la sociedad, que tienen una doble responsabilidad por ser ciudadanos y artistas, que consideren que la actitud de sus vidas frente al mundo sí tiene que ver con su obra, que no solo se interesen por conseguir un espacio que les permita mostrar y difundir su trabajo, sino que también les importe los agentes (sociales, políticos y económicos) que están detrás de dichos espacios que les son otorgados. No deben olvidar, como parece que lo han hecho, que el contexto es un elemento de suma relevancia para darle significación a su obra, y no deben dejar de (d)enunciar las cosas que acontecen en él.

Por ejemplo, retomando lo dicho párrafos arriba, hace falta decir que todo ese interés del cine, la música, la literatura, etc., por volver la mirada sobre las expresiones culturales «autócnonas» quizá puede obedecer también (o tal vez lo correcto sea decir sobre todo) a un boom económico, el cual guarda directa relación con sectores como el turismo, tan explotando actualmente. Es decir, hay que plantear la pregunta: ¿ese interés por aceptar lo «nuestro» es sincero o se debe a que hemos descubierto que lo «nuestro» vende? Seguidamente: ¿qué debe hacer el «hombre de cultura» al respecto?, ¿solo seguir componiendo cancioncitas con melodías andinas, novelitas con personajes inmigrantes, cuadritos con colores fluor?, ¿y los críticos?, ¿nada más que seguir con ese círculo vicioso?, ¿esta explosión contemporánea de lo popular en el ámbito de las artes se debe a que los artistas han luchado por ese reconocimiento, o es que estos «artistas» populares de hoy son solo una construcción más del mercado?

Resulta de vital importancia notar que bajo el procedimiento institucional de promover este tipo de  «productos (y subrayo la palabra en su acepción comercial) culturales» lo que se consigue es únicamente la trivialización del mismo. Este es el modo más inteligente por parte del poder para despojar a dichas expresiones artísticas de todo posible discurso revolucionario o de opsición: reconocerlo, validarlo ante la sociedad y difundirlo pero solo resaltando aspectos superficiales, y esto, evidentemente, para sacarle provecho (incluso económico). Es lo que pasa –por poner un ejemplo bastante claro– con la fotografría del Che Guevara, ese rostro tan famoso que vemos en todas partes (polos, boinas, paredes etc.), el cual ya no genera ninguna alarma para la autoridad debido a que dicha imagen ha sido tan superficializada que ahora posee tanto contenido revolucionario, en términos sociales, como el rostro de Marilyn Monroe.

Esto es lo mismo que ocurre en el ambiente musical con la «chicha» o la cumbia, por ejemplo. Más que un modo de expresión original, que antes se asociaba de modo despectivo con los barrios más populares, ahora es una empresa que mueve sumas exorbitantes de dinero. Hoy todo el mundo escucha esta música (o bueno los tristes y quejumbrosos productos actuales), pero no existe ninguna correlación entre la enorme difusión de la que goza (muchos de estos grupos y cantantes ahora se presentan hasta en las discotecas más exclusivas de Lima) y el reconocimiento de los derechos sociales de las personas que forman parte de aquel estrato social donde supuestamente se originó, ellos siguen siendo explotados, viviendo en pésimas condiciones, sufriendo la discriminación: cuestiones que curiosamente eran representadas y denunciadas por este tipo de música en su origen. ¿Pero ahora? ¿Qué ocurrió? ¿Se puede hablar de traición y conveniencia aquí? Esa contradicción que acabo de mostrar es precisamente el gran logro del proceso de trivialización de las expresiones artísticas que vivimos en la actualidad.

A pesar de todo, parece que ninguna de las personas directamente implicadas en este juego, que ninguno de los «artistas» que forman parte de la INDUSTRIA cultural (ya sea en pintura, literatura o cualquier otra rama) quiere darse cuenta del problema; solo les importa continuar con su PRODUCCIÓN y aumentar su peculio. No les interesa si los conciertos o exposiciones son auspiciados por gobierno corruptos, tampoco les importa si los empresarios que dirigen todo este mundillo «cultural» son poco menos que mafiosos (o bastante más en algunos casos). Total a fin de cuentas, ellos, los «artistas», como muchas veces sulen decir, solo van a «mostrar su arte».

¿Todo esto no les da la impresión de que 523 años después de la llegada de Colón todavía no hemos superado esa mirada exotizante por parte de quienes creen que nos «descubren»? Para seguir con el ejemplo de la música «chicha» y la cumbia: ¿para quién es nueva?, ¿quién la acaba de «descubrir» y le está sacando provecho?, ¿no existía la «chicha» antes de que los ojos de Colón se posarán en ella, perdón quise decir los ojos del grupo social hegemónico, de los empresarios y las intituciones cuyo único fin es el lucro? Pero ¿quién dice algo al respecto? Nadie, y tampoco nadie se avergüenza por su silencio, porque nos han hecho creer muy bien que la esfera cultural está disociada de las otras que constituyen nuestra sociedad, como la política y la económica.

Dejemos ya de usar a la «cultura» como camuflaje. El «hombre de cultura» (que a fin de cuenta somos todos), el que se dice de espíritu humanista, y el artista no pueden –para decirlo con Edward W. Said[1]– seguir guardando silencio «acerca del mundo histórico y social en el que tienen lugar todas estas cosas».


[1] Edward W. Said. El mundo, el texto y el crítico. Buenos Aires: Debate, 2004.

Huellas de atuq IV

María de México


Fotografía tomada por Juan Rulfo
u
Por Xiuhnelli de la Torre
(México)

I

–Yo… me perdona, yo le tengo a usted un poco de lástima…

–No lo creo.

–Pues sí…

–Ah pero no lo creo, por qué me va a tener usted lástima.

–…Fíjese usted… yo creo que usted es al mismo tiempo una creación y una víctima de estos medios, del cine, de la televisión, del radio… porque… porque el cine la creó, el cine la hizo tan grande como usted es, pero usted no pue…

Son tres los personajes, un lujoso y amplio sillón solo para la protagonista, un auto al fondo del estudio y la inverosímil carcajada de mujer que sobresale de entre el coro de risas grabadas. Las preguntas y el humor de situación fueron acordados en el guión, pero las respuestas y los posibles arrebatos, al grado de abandonar el estudio si le da la gana, son desafíos angustiantes que impiden que la entrevista se vuelva una acción autoconclusiva…

–¡¡¡Mi tata Dios me creó, nada de cine ni nada de nada, no me crió nadie más que mi tata Dios!!!

II

–¿Y esto, es cierto que a usted su marido le dice puma?

–Me dice puma… es cierto… ¿y cómo sabe usted que me dice puma?

–Un reportero no revela sus fuentes…

A veces la mueca evidencia los nervios incontenibles, a veces es la imagen de una malicia celebratoria después de haber acorralado a una anciana de desplantes pueriles, la condescendencia no solo es humillante sino un acto cobarde de quien se sabe respaldado por una tremenda industria.

–Ya desde el mundo diplomático de Washington que se encuentran reunidas aquí en la Organización de los Estados Americanos, Los Violines Mágicos de Villafontana que fueron traídos por Televisa para amenizar, interpretan María bonita, la canción que le escribió Agustín Lara a esta bellísima mujer y que la identifica por todo el mundo…

–Es una muy bonita fiesta y gracias, gracias a los mexicanos y gracias a Televisa porque nos da esto.

En la pregunta, la palabra ofidio queda más como un implante desproporcionado y grotesco (como la enorme y rígida cabeza montada en el diminuto cuerpo del reportero), que acorde con la pretendida elegancia de los mentados violines del restaurante Villafontana.

–Es mucha más mi afición por los diamantes que por los ofidios.

–Es verdad…

–¡Porque tampoco me voy a colgar un pitón de verdad encima ¿no?!


III

–¿Qué tela es señora?

–¿Esta?… ¿tienes cinta métrica? porque fíjate que la han traído de París y yo no sé…  poco más o menos lo que yo sé… perdonen… –El reportero le ayuda a desplegar la tela que justo ha llegado a mitad de la entrevista.

–Fíjate que es una tela muy sui generis, es exactamente igual de un lado que de otro… son como todas las cortinas que tengo aquí y nos hace falta para un mueble de ahí del breakfast. El procedimiento es que primero se hace lo de abajo, lo liso, luego se teje de un lado y luego del otro para que queden iguales, no tiene revés ni derecho, y luego después lo meten al río para que tenga esta cosa como tornasol, ¡es bonito!, ¿verdad?

–Es un bonito proceso…

Frente al inaccesible lujo «de una época mística del capitalismo», como dijera su amigo Monsiváis cuando habla de «sus anillos y colguijos», toda fantasía está permitida, como estar entre los franceses del Hippodrome de Longchamp presenciando el triunfo del purasangre Pancho Villa; o, con placer voyerista, mirar por algún resquicio a la hermosa lectora de Kafka escogiendo sus títulos en la Galignani; o imaginar las charlas con Frida y Diego, Villaurrutia, Buñuel y Dalí, Leonor Fini y la Carrington… «¡la aristocracia del talento!», así llama María a estos amigos; o cuestionar la veracidad de semejante vida. Absurda e inútil es la hazaña de algunos periodistas y biógrafos por encontrar a la «María real».  María se tejió, y la tejieron, con las urdimbres y tramas de la belleza, la inteligencia, el dinero y el poder, con una revolución mexicana «que no fue», con un mestizaje sublimado, con idílicas civilizaciones prehispánicas, con los pedazos (monumentos, recintos y plazas) de la Ciudad de México, «¡intactos por el gran terremoto del 85!». María se despliega sin envés ni haz, «¡Soy María Félix, la mexicana María Félix!»; entre mexicanos se oye decir «¡Pancho Villa invadió Estados Unidos y María Félix rechazó a Hollywood!». María la mexicana se teje, se despliega, cobija y divide…

–¡Es un proceso tremendo!

IV

–Yo no tolero la Ciudad de México sucia, es una maravilla, esas casas, esa catedral que es la más hermosa de toda la América y es cierto, yo me conozco toda la América y no hay una catedral como esa.

–Y si toleramos la suciedad, toleramos la corrupción, toleramos el saqueo…

–Claro.

–…toleramos la impunidad…

–Y el lavadero y el lavadero y etcétera, etcétera.

–Fíjate, y somos capaces de tolerar hasta las fiscalías especiales…

–¿Qué es eso?

–…para invest…

–¿Qué es eso?

–…investigar los crímenes, cuando algo… cuando algo quieres que no funcione en la administración de justicia…

–Sí…

–…en la aplicación de justicia…

–Sí…

–Formas una fiscalía especial, por ejemplo para investigar el crimen de Colosio[1], porque no va a pasar nada con esas fiscalías… pues nos hemos vuelto demasiado tolerantes, toleramos que nos tomen el pelo, de pr…

–¿Y lo de Aguasblancas[2], qué te parece?

–………………………eh, sí… sí…………………………………………………………. Fíjate que me gusta mucho María Félix.

–¿Te gusto yo?

–Sí.


[1] Luis Donaldo Colosio fue candidato del PRI a la presidencia en 1994, año crucial para México, particularmente porque sigue su cauce el Tratado de Libre Comercio, que entra en vigor un año antes, y el levantamiento del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas. En una gira de campaña, mientras caminaba entre la multitud, recibió dos disparos, uno en el abdomen y otro en la cabeza. Se piensa que Carlos Salinas de Gortari, presidente en turno, lo manda asesinar por rompimientos ocasionados debido a supuestas  medidas tomadas en el conflicto con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional y por la supuesta crítica al presidencialismo por parte de Colosio. Mario Aburto fue “el asesino oficial”, chivo expiatorio, aún sigue sin esclarecerse  el asesinato.

[2] Se refiere a la masacre de Aguas Blancas en 1995, en el estado de Guerreo (donde también se encuentra Ayotzinapa),  murieron diecisiete campesinos de la Organización Campesina de la Sierra Sur. Se considera un crimen de Estado porque fueron agentes de la policía estatal quienes dispararon cuando los campesinos se dirigían a un mitin para exigir la aparición de uno de sus compañeros. Un año después, sólo se destituye al gobernador en turno Rubén Figueroa. Los familiares siguen exigiendo justicia.


REFERENCIAS

 Bibliográficas

Monsivais, Carlos. «Crónica de sociales: María Félix en dos tiempos», en Escenas de pudor y liviandad, México, Debolsillo, 1997, pp. 169-176.

Videos

Vázquez Bulman, Javier, María Félix: una conversación… (Parte 1)

Vázquez Bulman, Javier, María Félix: una conversación… (Parte 3)

Jacobo Zabludovsky Entrevista a María Felix

María Félix luciendo sus diamantes

Utopía sonora VII

Los mecanismos del plagio


Por Diana Murillo
(México)

En días recientes se dio a conocer la escandalosa noticia sobre un dúo norteamericano que descaradamente cobraron fama plagiando canciones clásicas del soul y del R&B de Marvin Gaye. A última hora se dieron cuenta los «medios» de que estos supuestos artistas se apropian a diestra y siniestra del trabajo y hasta el estilo de uno de los fundadores de la música popular contemporánea. El tema del plagio es viejo y se ha documentado largamente. El propio público minoritario y crítico aporta pruebas legítimas cuando la memoria reconoce el sonido ahora descontextualizado y comercializado brutalmente. Muchos autodenominados artistas han tomado por costumbre realizar estas infames prácticas; aquellos que se apropian de canciones desconocidas por el gran público.

La historia se repite continuamente. Si quisiéramos narrarla sería una tarea ardua y engorrosa, vulgar. De qué asombrarse –diría Simon Reynolds– si nos ponemos estrictos toda la música moderna es producto del plagio. En todo caso, el infractor tendrá que pagar una multa y esperar a que el siempre olvidadizo público absuelva su desafortunado desliz. El negocio musical fundado en la repetición nos conduce al infinito abismo del desencanto. La sociedad se ha individualizado, se ha vuelto insolidaria es -como dice Baudrillard–, el «fin de la Historia y el nacimiento de las múltiples historias individuales de cada momento». Claro, el individuo ignora que mientras se jacta de ser único los empresarios especulan oscuramente con su identidad.

¿Acaso no muchos que se hacen llamar artistas registran obras que no les pertenecen? Consiguen fama y fortuna robando el trabajo de otros. ¿Cuántos supuestos cantantes de folclor se apropian de versos que ya circulaban entre la gente del pueblo desde hace siglos? Federico Arana los denomina folckloroides pues saben poco de tradiciones y mucho de negocios. Estos especímenes modernos, oportunistas que saquean la cultura y las tradiciones, exhibiéndolas como exóticas. Más, ¿cuántos se atreven a negarlo cínicamente y a mentirnos en la cara? El problema surge cuando los fans[1] (amantes desbocados de ídolos «con pies de barro», cuya enajenación obstaculiza la reflexión y la capacidad crítica), alegan disparatadas defensas que no hacen sino evidenciar su ignorancia.

Al crítico mexicano Hugo García Michel se le ha ocurrido su propia clasificación científica para estos especímenes modernos: rockcitus defensorus vulgaris, al tiempo que advierte sobre el riesgo de ejercer la crítica frente a estos incólumes defensores de criminales desalmados que se dicen artistas, los cuales no hacen sino colmar de insultos la sección de comentarios: «desde los plenamente rabiosos e insultantes hasta los que disfrazan su fanatismo adornándolo con farragosas actitudes teóricas y culteranas, todo en aras de justificar lo injustificable y de defender lo indefendible».

Habrá que difundir la historia de la música popular contemporánea, particularmente los elementos que moldearon la música rock y sus descendientes. Haciendo énfasis en el hecho de que sus raíces se hunden en los campos algodoneros del  Misisipi y no en el Río de la Plata; que fue la simiente de los esclavos negros norteamericanos la que dio vida a la música rock y no atribuirle invenciones al «genio» Gustavo Cerati. Y ya que hablamos de apropiaciones y delitos, por qué no mencionar la cuestionable autoría de gran parte de la obra de este sobrevalorado ídolo, que dicho sea de paso, ni inventó nada ni es un genio. Audazmente supo asimilar las influencias anglosajonas e hispánicas que conocía muy bien, no por nada se atribuye la autoría de verdaderas joyas de la Electric Light Orchestra o coloca junto a su firma la de su primogénito, en una doble apropiación de obras de subterráneos grupos punk, consciente de que el hecho pasará desapercibido. Es innegable que tenía buen gusto.

El plagio es absurdamente justificado por Enrique Bunbury al afirmar que Bob Dylan también lo ha hecho y nadie lo evidencia. El caso es  que el cantante español se ha fusilado no solo al propio Dylan, sino todo el repertorio de los Panero y de muchos otros poetas españoles y latinoamericanos. Quizá podemos aclarar como Pérez-Reverte entre nervioso y enfadado que todo se debe a una desafortunada casualidad, y que pueden existir dos textos pensados (¿o vívidos? ni él lo sabe) y escritos de forma idéntica procedentes de dos mentes diferentes (o tres, si contamos a Sealtiel). Luego, el mismo Pérez-Reverte no pudo más que aludir a que la obra en cuestión provenía de labios de Sealtiel Alatriste, quien vergonzosamente fue relegado de su cargo tras las pruebas en su contra de violar los derechos de autor. Ante este panorama no queda más remedio que hacer mías las palabras de Charly García: «todo es una mentira».


[1] Amos Oz, Sobre el fanatismo, «el fanático está más interesado en el otro que en sí mismo por la sencillísima razón de que tiene un sí mismo bastante exiguo o ningún sí mismo en absoluto».