Entrevista a Rodolfo Hinostroza

Symphatia por el verso (A)


 

«Un poeta, para seguir siendo poeta, tiene que inventarse un modo de vivir. Si tú no te lo inventas terminas por dejar la poesía».

Rodolfo Hinostroza

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A continuación una entrevista que los amigos de Paria Audivisión han tenido la amabilidad compartir con nosotros. Se trata de una entrevista que le realizan al poeta peruano Rodolfo Hinostroza, la cual forma parte de un proyecto más amplio que Paria Audiovisión se trae entre manos.

¡Disfrútenlo!

Cuatro poemas de Eugenio Montejo

Eugenio Montejo. Alfabeto del mundo. México: Fondo de Cultura Económica, 2005, pp. 334.

Por Jorge Giraldo Sánchez
(Perú)

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SETIEMBRE

A Alejandro Oliveros

Mira setiembre: nada se ha perdido
con fiarnos de las hojas.
La juventud vino y se fue, los árboles no se movieron.
El hermano al morir te quemó en llanto
pero el sol continúa.
La casa fue derrumbada, no su recuerdo.
Mira setiembre con su pala al hombro
cómo arrastra hojas secas.

La vida vale más que la vida, sólo eso cuenta.
Nadie nos preguntó para nacer,
¿qué sabían nuestros padres? ¿Los suyos qué supieron?
Ningún dolor les ahorró sombra y sin embargo
se mezclaron al tiempo terrestre.
Los árboles saben menos que nosotros
y aún no se vuelven.
La tierra va más sola ahora sin dioses
pero nunca blasfema.
Mira setiembre cómo te abre el bosque
y sobrepasa tu deseo
Abre tus manos, llénalas con estas lentas hojas,
no dejes que una sola se te pierda.


CREO EN LA VIDA

Creo en la vida bajo forma terrestre,
tangible, vagamente redonda,
menos esférica en sus polos,
por todas partes llena de horizontes.

Creo en las nubes, en sus páginas
nítidamente escritas,
y en los árboles, sobre todo al otoño.
(A veces creo que soy un árbol.)

Creo en la vida como terredad,
como gracia o desgracia.
-Mi mayor deseo fue nacer,
a cada vez aumenta.

Creo en la duda agónica de Dios,
es decir, creo que creo,
aunque de noche, solo,
interrogo a las piedras,
pero no soy ateo de nada
salvo de la muerte.


MEDIODÍA

Hace calor en Güigüe ahora,
un calor recio que se queda temblando
en los juncos del aire.
La luz que cae invicta allá en la sala
es una columna transparente
en donde flota el polvo de los gestos
con que se abanican los retratos.
Se oye un pregón de alguien que va vendiendo
ropas, frutas, no sé,
y en el silencio que lo sigue
crece al instante un hueco de cien años.
Hace calor,
hace calor y tiempo,
un tiempo de buey que se hunde en los espejos
y levanta a su paso tumultuosas oleadas.
 

ADIÓS A MI PADRE

Mi padre muerto iba delante
y detrás junio, de verdor ubérrimo,
y la geórgica lluvia venida de tan lejos.
Al paso de su sombra
los refrenados carruajes nos seguían.
Mi padre hablaba del camino,
de cafetales con piel de adormidera
que a un simple roce ya eran calles y torres.
Hablaba dormido,
con voz inubicable,
una voz rápida de cuando era muy joven
y yo no había nacido…
Atravesamos un bosque de apamates
que en lenta fila también iban marchando
no sé adónde.
Después sólo se oyeron las cigarras
estremecidas en un coro compacto.
Mi padre acaso creyó que las oía
pero ya entonces a bordo de un relámpago
su alma cruzaba remotas intemperies.