Utopía sonora VII

Los mecanismos del plagio


Por Diana Murillo
(México)

En días recientes se dio a conocer la escandalosa noticia sobre un dúo norteamericano que descaradamente cobraron fama plagiando canciones clásicas del soul y del R&B de Marvin Gaye. A última hora se dieron cuenta los «medios» de que estos supuestos artistas se apropian a diestra y siniestra del trabajo y hasta el estilo de uno de los fundadores de la música popular contemporánea. El tema del plagio es viejo y se ha documentado largamente. El propio público minoritario y crítico aporta pruebas legítimas cuando la memoria reconoce el sonido ahora descontextualizado y comercializado brutalmente. Muchos autodenominados artistas han tomado por costumbre realizar estas infames prácticas; aquellos que se apropian de canciones desconocidas por el gran público.

La historia se repite continuamente. Si quisiéramos narrarla sería una tarea ardua y engorrosa, vulgar. De qué asombrarse –diría Simon Reynolds– si nos ponemos estrictos toda la música moderna es producto del plagio. En todo caso, el infractor tendrá que pagar una multa y esperar a que el siempre olvidadizo público absuelva su desafortunado desliz. El negocio musical fundado en la repetición nos conduce al infinito abismo del desencanto. La sociedad se ha individualizado, se ha vuelto insolidaria es -como dice Baudrillard–, el «fin de la Historia y el nacimiento de las múltiples historias individuales de cada momento». Claro, el individuo ignora que mientras se jacta de ser único los empresarios especulan oscuramente con su identidad.

¿Acaso no muchos que se hacen llamar artistas registran obras que no les pertenecen? Consiguen fama y fortuna robando el trabajo de otros. ¿Cuántos supuestos cantantes de folclor se apropian de versos que ya circulaban entre la gente del pueblo desde hace siglos? Federico Arana los denomina folckloroides pues saben poco de tradiciones y mucho de negocios. Estos especímenes modernos, oportunistas que saquean la cultura y las tradiciones, exhibiéndolas como exóticas. Más, ¿cuántos se atreven a negarlo cínicamente y a mentirnos en la cara? El problema surge cuando los fans[1] (amantes desbocados de ídolos «con pies de barro», cuya enajenación obstaculiza la reflexión y la capacidad crítica), alegan disparatadas defensas que no hacen sino evidenciar su ignorancia.

Al crítico mexicano Hugo García Michel se le ha ocurrido su propia clasificación científica para estos especímenes modernos: rockcitus defensorus vulgaris, al tiempo que advierte sobre el riesgo de ejercer la crítica frente a estos incólumes defensores de criminales desalmados que se dicen artistas, los cuales no hacen sino colmar de insultos la sección de comentarios: «desde los plenamente rabiosos e insultantes hasta los que disfrazan su fanatismo adornándolo con farragosas actitudes teóricas y culteranas, todo en aras de justificar lo injustificable y de defender lo indefendible».

Habrá que difundir la historia de la música popular contemporánea, particularmente los elementos que moldearon la música rock y sus descendientes. Haciendo énfasis en el hecho de que sus raíces se hunden en los campos algodoneros del  Misisipi y no en el Río de la Plata; que fue la simiente de los esclavos negros norteamericanos la que dio vida a la música rock y no atribuirle invenciones al «genio» Gustavo Cerati. Y ya que hablamos de apropiaciones y delitos, por qué no mencionar la cuestionable autoría de gran parte de la obra de este sobrevalorado ídolo, que dicho sea de paso, ni inventó nada ni es un genio. Audazmente supo asimilar las influencias anglosajonas e hispánicas que conocía muy bien, no por nada se atribuye la autoría de verdaderas joyas de la Electric Light Orchestra o coloca junto a su firma la de su primogénito, en una doble apropiación de obras de subterráneos grupos punk, consciente de que el hecho pasará desapercibido. Es innegable que tenía buen gusto.

El plagio es absurdamente justificado por Enrique Bunbury al afirmar que Bob Dylan también lo ha hecho y nadie lo evidencia. El caso es  que el cantante español se ha fusilado no solo al propio Dylan, sino todo el repertorio de los Panero y de muchos otros poetas españoles y latinoamericanos. Quizá podemos aclarar como Pérez-Reverte entre nervioso y enfadado que todo se debe a una desafortunada casualidad, y que pueden existir dos textos pensados (¿o vívidos? ni él lo sabe) y escritos de forma idéntica procedentes de dos mentes diferentes (o tres, si contamos a Sealtiel). Luego, el mismo Pérez-Reverte no pudo más que aludir a que la obra en cuestión provenía de labios de Sealtiel Alatriste, quien vergonzosamente fue relegado de su cargo tras las pruebas en su contra de violar los derechos de autor. Ante este panorama no queda más remedio que hacer mías las palabras de Charly García: «todo es una mentira».


[1] Amos Oz, Sobre el fanatismo, «el fanático está más interesado en el otro que en sí mismo por la sencillísima razón de que tiene un sí mismo bastante exiguo o ningún sí mismo en absoluto».

UTOPÍA SONORA VI

«Yo nomás soy una…»


u
Por Diana Murillo
(México)

De este modo se afirmaba la bagualera popular Gerónima Sequeida, cuando le preguntaron quién era y a qué se dedicaba. Una que nació en el monte, «como si hubiera nacido un chivo nomás»[1] -dijo-, porque no hay registro de su nacimiento.

En el mismo monte en que nació, en Amaicha del Valle, Tucumán, Gerónima larga su canto al cielo en infinita soledad. El canto con caja, milenario y sagrado, que escuchó cuando era niña, de boca de sus padres y abuelos. La baguala andina, una de las formas más antiguas del canto de los pueblos originarios de América, que aún permanece indescifrado.

Muchas bagualas son alegres y festivas; otras son trágicas o dramáticas; exaltan la imponente belleza del paisaje o sencillamente celebran el gusto de cantar. Lo cierto es que la baguala comprende todos los aspectos de la existencia física y espiritual de los seres; es una forma rebelde que expresa el vínculo del hombre con la naturaleza, un espacio para construir puentes espirituales a través de la solidaridad y la concordia.

La caja es un tambor de origen preincaico, imprescindible compañero del canto. En Bolivia lo nombran huacara y en Perú tinya. En los Valles Calchaquíes, caja vallista. Originalmente, la caja es tocada por mujeres, que cantaban en lengua vernácula como el cacán y posteriormente, el quechua. Actualmente, se confecciona con dos parches de cuero laterales y se le atraviesa una trenza crin de caballo para hacerla vibrar. Solo el artesano que la construyó puede tocarla por primera vez, utilizando uno o dos palos de madera llamados huajtana.

La caja acompaña al canto franco y potente que no se imita ni se imposta, sino que expresa un lenguaje esencial del hombre, que desorienta al oyente urbano, obstinado en creer que la práctica del canto es sólo para profesionales, instruidos en el manejo de la voz.

Sabemos que la música y el canto son manifestaciones que expresan las creencias, ideas y sentimientos individuales y colectivos, es decir, el modo en que determinada comunidad ve y entiende el mundo, su cosmovisión. Las canciones son depositarias del conocimiento que rige a los pueblos, de las creencias que dan sentido a la existencia de las cosas, la cultura que forja la identidad y conserva la memoria colectiva.

El canto que fluye de Gerónima expresa “la intemperie del alma y el paisaje” -decía Leda Valladares-; es el verso diáfano cantado con libertad que concentra las voces de los ancestros; el canto eterno que resiste al tiempo y a la muerte:

Si la muerte me anda buscando
yo un favor le pediré
que me deje seguir cantando
y me lleve después.

Gerónima Sequeida nos descubre la claridad de los cantos de quienes antiguamente fueron dueños de esta tierra; nos entrega con generosidad la herencia de su raza. Hacer una relectura del pasado nos revela otra visión del mundo, distinta desde la perspectiva occidental. Nos incita a creer en nuevas propuestas de integración social equitativas, a imaginar un porvenir más próspero.


[1] La entrevista completa se encuentra disponible en: Leopoldo Brizuela, Cantar la vida, El Ateneo,  Buenos Aires, 1992.

separador

A continuación, unos videos sobre Gerónima Sequeida:

Sin título-1

 

Julio Haro o la crisis del cambio climático

Por Diana Murillo
(México)

Con motivo de la ignorada cumbre sobre el cambio climático celebrada recientemente en Lima, nos permitimos reflexionar sobre la responsabilidad de todos nosotros en la perturbadora crisis que sufrimos. Uno de los males más graves que aquejan a nuestro dolorido planeta es la explotación indiscriminada de recursos naturales y la contaminación ambiental. Como cristianos entendidos, continuamos la tarea que Dios encomendó a Adán al echarlo del paraíso: servirse y explotar la naturaleza puesta a su entera disposición. Somos incapaces de armonizar con todos los seres como lo hicieron nuestros antepasados indígenas, que comprendían que el hombre y la naturaleza coexisten en armonía, se preservan.

Acostumbrados a creer en la absurda superioridad de nuestra supuesta racionalidad, asumimos con vileza la determinación de explotar la naturaleza, precipitándonos a un panorama de muerte y destrucción que ensombrece el porvenir.

Julio Haro, uno de los grandes representantes del rock mexicano contemporáneo bien lo manifiesta en una de sus ya clásicas composiciones. Con singular ironía no cesa de recordarnos la infamia de un mundo agobiado por el brutal egoísmo de los seres humanos, negándonos a asumir la responsabilidad individual que recae sobre nosotros.

Mientras sigamos sin comprender que la vía es buscar la integración entre todos los seres del universo en un plano de igualdad, el escenario se tornará cada vez más hostil y desolador. Con ello confirmamos que la afirmación de nuestra raza superior no es más que una charlatanería de nuestra sobrevalorada civilización. La ambición y la codicia nos han hecho olvidar que lo primordial es preservar la naturaleza para conservar la vida y el futuro de las nuevas generaciones. Las pequeñas acciones son las que fomentarán el cambio.

Entretanto seguiremos atestiguando como el descuido y la indiferencia, aniquilan la naturaleza y el porvenir. Por ello, Julio Haro expresa que mal parece que las especies animales  y los bosques son nuestros acérrimos enemigos, y que la devastación que sufre la Tierra nos encara con amargas verdades. Una canción incluida en el disco No me hallo de El Personal [Discos Caracol, 1988] un imprescindible del rock mexicano.

Sin título-1

«Todo es ahora»

Por Diana Murillo
(México)

Se sabe que desde el principio de los tiempos las personas se expresan con el lenguaje de la poesía. Fluye naturalmente de los labios de los hombres la palabra poética. Nace la música con las palabras, que son sonidos y que son ritmo. La invención de la palabra es en sí un hecho poético; es imagen mental, representación y metáfora del mundo: analogía, infinita correspondencia.[1] El hombre conserva su memoria en un vaivén de sonidos, de colores, de perfumes… erige su civilización con poemas, enaltece a sus héroes, glorifica sus hazañas.

Desde tiempos antiguos la música se une a la poesía. El lenguaje verbal y musical confluyen en un mismo espacio para alumbrar el canto: imagen sinérgica, experiencia sinestésica. La música le otorga flexibilidad al poema, con plena libertad se expande como un pregón y sobrevive al paso del tiempo, reinterpretando el sentido de lo comunitario. Por ello, es importante reconocer la importancia que tienen las tradiciones cantadas en el desarrollo vital de los pueblos. Es urgente tarea ampararnos en la herencia cultural de nuestros antepasados en pos de un mejor presente.

Seres fronterizos, cantores anónimos, son elegidos para llevar la palabra cantada a lugares recónditos; llevan consigo en cada viaje, la semilla heredada para plantarla en tierra fértil y cosechar sus sabrosos frutos. Cantan la copla propia o prestada, le conceden nuevas formas y matices. No hay impostura en quienes realizan tal oficio; saben que poco importa su identidad, sino la sagrada encomienda de revelar mundos posibles.

En el ámbito de la canción contemporánea se asoma veladamente, Manolo García: juglar urbano que adrede invade su vida de misterio para mantenerse al margen de los sinsabores de la fama.  Habituado al maridaje sonoro –inclinación natural en los espíritus rockeros–, asimila y desarrolla enteramente la resonancia entre poesía verbal y musical.

Sus canciones cargadas de erotismo, de playas desiertas y soles antiguos, de campos y montañas, pero también nos habla de carreteras, de tardes que se escapan en las ciudades; de miradas que vuelan y que «alivian el tiempo de los poetas»; de intuiciones sobre el lejano Oriente.

A propósito de la publicación de Todo es ahora [Sony Music, 2014], una obra de continuidad y reafirmación de profundo respeto entre los seres, remembramos en esta ocasión a un poeta popular que nos ha cedido fragmentos de filosofía para llevar en el bolsillo.  Si bien consigue la sofisticación del pop-rock más depurado, pugna por la libertad y la simplicidad, lo cual, por supuesto, se refuerza con la distintiva calidad poética y expresiva de este magno exponente de la canción popular contemporánea.


[1]  Relativo a las nociones de analogía y correspondencias infinitas, el mexicano Octavio Paz lo ha desarrollado con lucidez en sus escritos sobre de la poesía modernista hispanoamericana. Cfr. El arco y la lira, Octavio Paz,  FCE, México: 2014.
Sin título-1

Pedro Aznar… a la carta

Por Diana Murillo
(México)
Tantas veces te mataron,
tantas resucitarás,
tantas noches pasarás
desesperando.
A la hora del naufragio
y la de la oscuridad
alguien te rescatará
para ir cantando.
María Elena Walsh

En esta época «moderna» las generaciones nuevas hemos tenido que padecer los males de la fast music. El aluvión de música moderna, a raíz de la creciente economía global implantada desde el siglo pasado, proveniente de los países angloparlantes, nos ha dejado sin más herencia que la basura industrial que nos impone del mercado discográfico. Pocos sobrevivientes encontramos del naufragio musical que sufrimos. El show business, la moda y los medios de comunicación masiva, se han encargado de deslumbrar a las jóvenes generaciones, hipotecando nuestro futuro.

La noche del pasado 29 de noviembre México se vistió de gala. Recibimos con enorme placer a un artista excepcional, que formó parte de la ya legendaria banda Serú Girán, grupo precursor en la exploración de la música negra; responsables de asentar las bases para la conformación de un rock netamente latinoamericano. Pedro Aznar: compositor, poeta, intérprete, traductor, director de orquesta, multinstrumentista, arreglista, productor, versionista… un hombre comprometido, que ha vivido, atinadamente, nueve vidas como los felinos.

El repertorio fue votado por el público durante tres meses antes de la gira. Acertando en elegir no solo las canciones más representativas del grupo que le dio fama; sino, también, las joyas que permanecen ocultas en su vasta producción discográfica. La noche estuvo llena de sorpresas, cada canción se convertía en un asombroso deleite.

Pocos elegidos pudimos atestiguar el regreso de quien concedió a la música contemporánea rasgos de autenticidad y veracidad. Invocando al inefable Charly García, siempre presente, legitimando nuestra música rock; o colmándonos el alma con canciones del Cuchi Leguizamón o de don Atahualpa Yupanqui. Invitados, el trovador mexicano Alejandro Filio, recordando con soberbia a nuestro amoroso Sabines, volviendo la luna nueva, viviendo para siempre en «la sombra del agua».

En una noche viajamos al Brasil, a los Andes, a Nueva York, Tokio… cada canción un instante, efímero y eterno; cada nota, una invitación a la meditación colectiva.

En un conmovedor momento dedica un poema a nuestra desangrada patria; un grito de justicia que se ha vuelto colectivo, un canto de esperanza y de fe:

Rama retorcida del árbol humano.
La avaricia no se va a erradicar con un discurso,
ni con un decreto.
Todos llevamos egoísmos en las alforjas,
pero lo que nos forja y hace humanos
es vencer al dragón de nuestros vicios.
Lo que se compra y se vende hoy,
lo que se traiciona es la confianza del pueblo,
la corrupción no solo insulta al mandato soberano de la gente,
sino que se pronuncia sórdida en palabras de muerte,
ante ese verbo negro exigimos:
¡43 veces verdad,
43 veces justicia,
43 veces basta!

Pedro Aznar no pertenece a la Argentina, nos pertenece a todos, al continente entero, al presente y al porvenir.

Sin título-1

La imagen como medio ambarino*

Por Diana Murillo
(México)*

Distinguir la frontera entre la poesía y la música, que por sí solas son entidades independientes, es imposible en el lenguaje de las canciones. Esa unión antigua y misteriosa de la poesía verbal y musical ha movilizado las imágenes tomadas del medio natural para deshacerlas en su forma; a su vez, les concede un espacio para reconstruirse, para reorganizarse y crear su propio medio imaginario pero habitable y repetible, convirtiéndose en «imagen sonora»: un espacio nuevo que es transformador de consciencias y que tiene además, poder de permanencia.

La consistencia de la imagen poética radica en su sencillez, en su claridad expresiva. Atendiendo a cada detalle sutil de las cosas, como si las atravesara de luz, evidencia aquello que para muchos pasa inadvertido, y que, sin embargo, es sustancial al objeto, imprescindible. Dentro de la canción, se musicalizan las imágenes del mundo, todas las cosas vibran por medio de las canciones. La imagen sonora se asocia a las propiedades eléctricas del ámbar. Tiene capacidad de atracción, la electricidad es inmanente a ella, libera energía espiritual, es un medio cargado de electricidad.

Uno de los compositores contemporáneos que ha pugnado por la reconciliación entre verso y música, es Santiago Auserón. Durante su larga trayectoria de pensador y coplero, nos ha regalado un sinfín de composiciones que forman parte del repertorio clásico del rock en español. En una canción inédita «Ámbar» construye la imagen adecuada que intento dilucidar, cuando un insecto observa sorprendido la gota de resina que está a punto de atraparlo, de perpetuarlo en el tiempo:

Ebrio de néctar iba un insecto loco
zumbando entre las flores aterrizó
encima de una rama, vio la resina
grave sobre su antena y así le habló:
ámbar no me dejes
en mi soledad
que tu sol antiguo
quiero ver brillar […]

La imagen sonora cristaliza cuando la frontera que separa letra y música resulta indiscernible. Música y poesía entran en resonancia cuando los límites que las separaban como artes heterogéneas y como dos lenguajes que prosperan de forma individual, se disuelven. Este es el medio de la imagen sonora, que extrae de la realidad caótica «una impresión fugaz variable», resistente al paso del tiempo y que permite al hombre la percepción de lo común, de lo inmediato, y también de su propia condición humana y su devenir.


* Ideas desarrolladas a partir de la lectura de: La imagen sonora. Notas para una lectura filosófica de la nueva música popular, Santiago Auserón, col.  Eutopías, Episteme: Madrid, 1995.

Sin título-1

Utopía sonora I

Por Diana Murillo
(México)

La canción popular contemporánea irrumpe en nuestra vida sin que le prestemos atención. Apresuradamente, se instala en algún misterioso refugio de nuestra memoria, ejerciendo su poder de seducción. Diariamente, a cada paso que damos, encontramos nuestra ciudad, nuestro camino cotidiano, colmado de canciones y de música. El poder de la electrónica y los nuevos medios técnicos de producción y difusión, amplían la variedad de posibilidades sonoras a nuestro alcance. No obstante, los medios de comunicación masiva, suplantan la realidad dándose a sí mismos el nombre de «espacio» cuando, en realidad, obstruyen el flujo de la información, bloquean la diversidad sonora para saturarnos con canciones desechables, vacías de contenido poético, que imitan y reciclan formas al infinito.

La canción popular, desde tiempos remotos, es un espacio esencial para sostener la memoria ancestral y la cultura de los grupos sociales. Las canciones constituyen un espacio liberador que transforma conciencias. Son receptáculos de sueños capaces de construir mundos alternativos, de modo que contribuyen a pensar nuevas reorganizaciones sociales y personales. Trasmitidas oralmente y de generación en generación, los pueblos ancestrales de todos los continentes han invocado el poder sagrado de la naturaleza con la música y el canto. Han edificado sus ciudades, cimentándolas con  versos y rimas, y glorificado a sus héroes cantando sus victorias. Las canciones se vuelven pena o alegría, lamento o grito desgarrado. Naturalmente, mantienen un diálogo permanente entre razas, nutriéndose de variantes, evidenciando su carácter mudable, fronterizo. Así, las sociedades conservan sus tradiciones cantadas,  como parte vital de su desarrollo cultural y social, preservando la sabiduría ancestral y los valores que los sostienen, para las futuras generaciones.

Las tradiciones cantadas de los pueblos primigenios están marcadas por el sufrimiento, la esclavitud y el despojo. Nuestra historia nos muestra que las más sublimes representaciones de la poesía y la música se nutren también del dolor de las víctimas de explotación y abuso de quienes encadenan sus cuerpos pero no sus almas. Iremos, pues, tras las la huellas de las tradiciones cantadas vernáculas que la cultura de masas y la modernidad urbana desprecia, acogiendo ritmos extranjeros o etiquetando ciertas tradiciones para que, una vez sufrido el desarraigo, se comercialicen descaradamente como «música del mundo» en cómodo formato digital. Los empresarios especulan con nuestra cultura y se sirven de ella para enriquecerse. Nos obligan a creer que su limitada visión es la nuestra, abriendo el mercado de la canción que se consume y se desecha con premura, funcionando como vehículo de poder y control ideológico.

Recordemos que negros, blancos e indios, conservan tradiciones cantadas que se entretejen al pasar los siglos, y que constituyen las puntas de un mismo lazo. Es preciso ir tras su huella para unirlas, pues representan el canto universal que expresa los deseos y las pasiones comunes a todos los seres. Por ello dedico este espacio a las tradiciones cantadas que son la voz del pueblo. No seguiremos los designios de la moda, cuya ruta nos encamina por senderos de impostura, de banalidad y de plagio. Iremos a contracorriente, tras la pista de las raíces del verso español que se hunden más allá de los lejanos tiempos de la invasión árabe en España y desembocan en el inmenso arcoíris sonoro latinoamericano. Esta vuelta nos ayudará a reconocer la antigua unión entre poesía y música que antaño configuraba la realidad social de los hombres y su devenir. La utopía sonora se revela en el doble careo entre tradición y modernidad; en la confluencia entre poesía y música y su paradójico distanciamiento consumado en el presente siglo.

Sin título-1